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Entradas de amellastre

En la vía (Amellastre)

Esa mañana Juan había despertado más temprano que nunca, y deseoso de ver el día se levantó, fue a la cocina y puso a hervir el café y la vitualla; no quiso llamar a su mujer porque apenas convalecía de un dengue que la tuvo indispuesta durante una semana y puso patas arriba el presupuesto doméstico, pues hubieron de gastar los ahorros que emplumaban en el oxidado galpón de la Caja Agraria y unas gallinas y una marrana que les dieron de dote matrimonial. Eso fue lo que movió a Juan a pelarle la cara y lamerle la herida al perro zalamero del mandamás del pueblo, que lo había sonsacado a que abandonara el oficio de maestro en la vereda de Monteadentro, bajo promesa jurada de conseguirle un empleíto de mejor laya, pero eso sí, a condición de los veinte votos que le ponía por debajo de cuerda a su adversario. “No hay más de qué hablar”, le dijo entregándole un sobre membreteado en el que se leía: CONTRALORIA DEPARTAMENTAL.

   Juan desayunó y se fue a la cómoda para desarrugar el mismo gabán con que optó al rótulo de bachiller. Entonces tomó el sobre membreteado para guardarlo y sintió una especie de avispero que agujereaba su anonadada mente. Pensaba en todo y en todos cuando su mujer lo inquirió:

  -¿Dónde vas, Juan?

  -Voy a la capital

  -¿Y eso?

  -Será una sorpresa- dijo, y salió erguido.

  Llegó a la plaza y abordó un jeep, pero como demoraba la partida, tomó otro color lila cuyo chofer brincó el turno al anterior, pasando por alto las aparentes recriminaciones de su cuñada, el despachador.

  El chofer, seguro de su eficacia en la cabrilla, miró oblicua y socarronamente por encima del hombro y señalando a Juan, dijo:

  -¿Ese fue el vestido que te regalaron  cuando arreabas leche, ah profesor?

   Juan ahogando su furia, se dijo justificándose: “Mañana me hablarás en otro tono…y cuán feliz se sentirá Carmen”.  Dejó su ensimismamiento, escuchando las últimas que lanzaban  los otros pasajeros: “Que fulano se agarró dos quintos de lotería, que a mengano le robaron cinco vacas y anda detrás de los cuatreros por su cuenta y riesgo, que perensejo raptó a la hija de zutano y seguramente no le harán nada pues su tartabuelo puso el primer adobe para el edificio consistorial”, y un sartal de nuevas de las que estaba en el limbo, y de las cuales tampoco quería saber nada, tal vez porque ese rumoreo lo pondría a él sobre el tapete. “De suerte que mi mariposita verde no ha revoleteando en los oídos de éstos”, pensó. Iba a encender un cigarrillo cuando el carro trastabilló por el resalto de arena y cascajo y por poco se vuelca.

  -¡Conduce con cuidado!- le dijo Juan al chofer

  -¡Échale la culpa a otro!-respondió éste.

  El sol que apenas despuntaba, desplegó sus abrazantes rayos por toda la llanura y la brisa veranera hacía del polvo espesos torbellinos. Los pasajeros iban casi asfixiados y tomando a satanás por sus estribos, unas veces acuciaban al chofer para que acelerara un poco más y otras le pedían que mermara, amedrentados por el mal estado del camino. Juan pensó: “Debí decirle a mi mujer el motivo del de mi viaje a la capital para evitarle preocupaciones… En estos días de su concepción tiene los nervios de punta”. El chofer paró un momento el vehículo para comprobar sus sospechas de que una pata  cauchera iba falta de aire. Buscó el fuelle debajo del cojín e infló la llanta hasta dejarla que apenas besara la superficie. Los tripulantes no protestaron por la demora porque al momento se embelesaron mirando el espectáculo aéreo de dos aves que se disputaban una mortecina, lo cual contagió también al conductor, impidiéndole zigzaguear el impacto del camón carga-ganado que venía bandeándose en los altibajos de la vía.

  “Cinco muertos, dos heridos y tres ilesos en aparatoso accidente”, informó el noticiero del mediodía, mientras Juan deliraba: “Esas avispas me pinchan… me recriminarán… mija tráeme esa carta… cógela… quítasela a esos esqueletos que tengo mucho frío…”.

   Y en el pueblo del cacique Chincé no había más comidilla que el accidente. “Esa es la vida”, decían algunos. “La venganza divina”, sentenciaban otros, ateniéndose a que el chofer se había robado el turno. En tanto, el resto cargaba la culpa a los gamonazos que, desde la guerra de los Colorados, en la que la patrona del pueblo impidió su destrucción sacando los arroyos de madre y trocando las municiones de los enemigos por balas de algodón, le habían prometido sucesivamente a la gente que lustrarían la carretera. “Después de las elecciones se pondrá en marcha el proyecto”, recordaba todo el mundo.

  Pero como esa misma bandera el sindicato de choferes incitó a la población para que dejara la majadería de ir a las urnas electorales a depositar su esperanza ciento cincuenta mil años frustrada con el mismo cuento, sólo que quienes lo referían se turnaban para amañarlo. De modo que al día siguiente vomitó las lombrices de su odio en el entierro conjunto en el que todos los choferes desfilaron hacia el camposanto en sus vehículos con guirnaldas moradas en forma de hoz, colocaron una llanta al rojo en la puerta de la capilla y pidieron la cabeza del parlamentario que durmió su ineptitud en la silla senatorial, después de haber prometido que con su vox pópuli astronaría las instalaciones del Congreso y “desvestiré a la bruja emperifollada de la democracia para que todos sepamos de su olímpica embriaguez”, había dicho en uno de sus momentos más inspirados.

   Carmen también asistió al sepelio vestida de medioluto. Aquellos actos suscitaron su fantasía y, en un acceso de miedo, pensó, tocándose la barriga: “Ay, mijo. ¡Casi naces póstumo!”

   A su vez, Juan, en su desvencijada camilla del Centro de Salud Regional, sentía el avispero de la culpa en su conciencia de maestro sonámbulo: “…Esa corbata de plumas de pavo real larguísima se mueve juguetona… Subo unas escalas alfombradas con hojas de mil colores… ¡diablos!… esas enredaderas me impiden el paso…”, soñaba pesadamente.

(Ammellastre)

El carretillero (Amellastre)

 

“Ya me voy, hijo… Sólo te encargo que trabajes y veles por tus hermanos… Eso sí, pobre pero con la frente en alto”, recordaba que le había dicho su padre en el lecho de muerte. De eso hacía más de veinte años, y en los oídos de Don Rodri retumbaron intactas esas palabras, cuando tuvo que arrear el burro hacia el pueblo de Solosueño. “Empezaré vendiendo agua con las colgaderas de bejuco y los calabazos… Ya veré como me hago a una carretilla metálica”, fantaseó, una vez en el pueblo. Había pensado verse la suerte en las barajas, pero su mujer lo disuadió con el triple cuento de los pájaros preñados, la rana con pelos y la puerca que ponía huevitos de oro. “A veces hay que creer, mija”, le había dicho, pero la Señora Mayo no le dio oportunidad de explayarse en persuaciones… “Tu sabes que la suerte la lleva una pintada en la frente, y que sólo basta con que pienses una cosa de una vez, si o no, y te tocas la frente; si está caliente, puedes desistir por completo”, sentenció cual vieja maga medieval. “Y los asaltos de brujas, los pasos encantados, los silbidos misteriosos, las cumbiambas en los árboles, las posesiones diabólicas, los pactos saturninos, los filtros y oraciones de amor, los maleficios, los talismanes…”, pensaba embebido Don Rodri, cuando se despabiló y dijo a su mujer:

-¡Uf, mija! Mejor me voy a echar el agua.

  Buscó el burro que tenía sogueado al totumo, cogió las aguaderas y salió para el pozo público “El Trébol”, donde se volcaban, desde la madrugada, hombres, mujeres y niños al sagrado ritual del abastecimiento.

  Así trascurrieron muchos días para Don Rodri, hombre de medias palabras, paso firme y balanceado y cara de tuquémeves, a quien, después de todo le pareció festivo el colorido y el jolgorio de los aguateros en la loma de aquel mítico estanque, del que, desde el primer día, había oído decir:

  Todo el que de aquí ha de beber, peligra si es forastero.

  Se queda porque se queda, si bebe el agua de El Trébol.

  Después supo que el que tal había cantado era El Galvanero, ese poeta de la mañana que había convertido en arte el rítmico tintineo de los galones en su torneada balanza de guayacán, y con quien trabó más tarde una honda y duradera amistad.

  Creció la clientela, y vino la carretilla metálica. Entonces en las calles de Solosueño no se escuchaba más que el coro de la bonanza: “A mi me echa uno, a mi me llena el tanque, que si puede llevar tres, que se acuerde que van a  “vaciar la planta…” Y Don Rodri cumplía, trabajando como un buey.

  El último sábado del séptimo mes se desocupó temprano. se empaquetó pulcramente y se dirigió al salón de billares “La Gruta del Destino”. Allí se encontró con su compadre Luis –por arte y oficio llamado Mataconejo-, quien lo instó a jugar un chico y a tomarse una fría. Pero más que a jugar, se dedicaron a conversar, siendo el compadre Luis quien interrumpió una jugada decisiva para preguntarle:

    -¿Desde cuándo no va a misa, mi compa?

  -El trabajo es mi religión, compadre- respondió, confirmando su respuesta con un movimiento persistente de cabeza y un gesto de profunda convicción.

   -Usted es un esclavo- señalo Luis.

   -Soy un hombre de kilates- aclaró Don Rodri.

   Luis, hombre tranquilo y respetuoso, prefirió apartarse del tema y continuar jugando, hasta cuando el reloj público marcó las dos de la madrugada, y el propietario les pidió que entendieran que ya no eran tiempos de estarse pasando de las guardarrayas. “Ahora hay que andar como quien embalsa un arroyo por una cuerda”, les dijo al momento que cada uno salía para su casa.

    La Señora Mayo, que no había pegado el ojo, estuvo alerta a la llegada de su marido. Le abrió la puerta, le sirvió la comida y le ofreció un alkaseltzer con agua de limón. Esa madrugada, en medio del cenagal de la embriaguez, Don Rodri experimentó un leve picazón de conciencia. “¡Diez hijos!”, recordaba, mientras hacía el amor, que había exclamado el boticario, cuando fue a comprarle unos medicamentos para el último parto de su mujer. “Yo podría ayudarlo”, le dijo. “Puedo tener veinte”, ripostó él… “Los hijos son la herencia de la humanidad, la ley de la especie”, confirmó victorioso, al tiempo que el boticario le preguntó si era casado por la Santa Madre Iglesia, y él, aguerrido le contrarió:“El matrimonio es la carretilla de hueso con que la iglesia llena los estanques de su Fe, pero mi mujer y yo, todas las noches le hacemos aguaderas de bejuco ahorcavaca al amor”. “Hoy se habla de planificación, de ética marital”, se atrevió a decir el boticario, quien, convencido de que no iba a derribar esa atávica argamasa, le entregó los medicamentos. “Ya habrá parido su mujer”, le dijo.

   El lunes, como de costumbre, Don Rodri sacó la carretilla, bien de madrugada, para cumplir con los avances antes del amanecer. Pero ese día, ni las coplas del Galvanero, ni los chistes y anécdotas de Homero Solá –esa legendaria cantera de humor popular- lograron sacarlo de su recogimiento. Silencioso, pausado y firme iba por los arenales de Solosueño, todo vigor, a pesar de sus cincuenta abriles, pero con el escozor de un mal presentimiento. “¡Oh Trébol legendario! ¡Oh aguas cristalinas! ¡Laguna encantada!”, pensó, recordando la bella inspiración del ciego Adriano Salas. Y en esas iba cuando, al pasar por la Esquina Caliente, uno de los muchachos sin oficio le hizo la pregunta:

   -Ah, Don Rodri, como que van a cegar El Trébol?

   -Eso mismo oí en la Gruta del Destino- dijo con cierto dejo de nostalgia y desfallecimiento.

   -¿Y eso ?- preguntó otro de la patota.

   -Dizque para una cancha de fútbol- contestó socarronamente.

    Y en efecto, al mes de saberse la noticia desapareció por entero la aguada pública. ¡Adiós ceibas, tréboles, tarullas encantadas y rumor popular! Las máquinas Caterpiller y las motosierras dieron buena cuenta de todo. Solosueño necesitaba progreso y, para ello, había que empezar tumbando y secando los mitos. “Ya morderán y consentirán el freno cuando vean tamaña obra de ingeniería”, había dicho el Alcalde, en metáfora de doma, al grupo que se oponía al proyecto. “Solosueño requiere de grandes inversiones, y nada mejor que una Plaza de mercado de esta envergadura”, sostuvo el burgomaestre, indeclinable.

   Así lo entendió Don Rodri, y así lo expreso cuando lió los cachivaches y cargó con su arria de muchachos para el hermano país vecino, dejando atrás una densa bruma de recuerdos. Solosueño era un carnaval, una fiesta perenne, y las señas de las corralejas sonaban con pólvora a las doce meridiano, desde el veinte de julio. Eso lo sabía bien Don Rodri, y contra ello fue que se manifestó. “Quedarse es comerse a dientes con el redil, compadre”, le dijo a Luis, ya en el camión que lo transportaba, al tiempo que se reclinaba en el gastado cojín. Y en los altibajos de la vía y los resaltos del entresueño, volvió a traer a la conciencia el caballito de batalla de los consejos de su padre. “La lucha más difícil para el pobre es la de sostener su honradez”. En eso iba abstraído, y mientras trataba de dibujar su porvenir en una tierra tan llena de leyendas y épicos relatos de emigrantes, el camión llegó a la terminal… Ahí fue donde la Señora Mayo pudo comprender, al fin, toda la profundidad y el realismo del pensamiento que se había estado anidando en su mente, y que ahora se abría paso como agua de “llorado”. El único amor puro es el amor de Dios, sí. Y el único posible, sí. Porque es el único que se da unilateralmente… Se lo ama a cambio de nada, y mientras más fiel es el amor, menos se espera de El favor alguno”, pensaba, y por un momento se sintió sacrílega, pero eso era lo que la matemática elemental de su conciencia arrojaba como resultado. Tomó al niño en los brazos y se puso a contemplar la desértica llanura costanera, mientras Don Rodri se abanicaba desesperadamente con su panameño blanco, en los altibajos de la carretera Troncal.

(Amellastre)

In honoris (Amellastre)

 

Tan bien, tan bien trató el gobernador a sus ex colegas, que el emérito maestro dijo, elocuente y altivo, a su esposa:

    – No debe haber un sólo pórtico en toda la circunscripción, en el que falte una estatua en honor a nuestro eximio dignatario.

Tomó aire, y se echó, pleno y triunfante, en la vieja mecedora de mimbre.

    – ¡Bravo!- exclamó la recelosa pensionada, batiendo palmas, al tiempo que acotó con celebridad: ¡Sólo que lleven una mecha encendida en el follelle!

(Amellastre)

A la orden del día (Amellastre)

 

      A Fermín, in memoriam

Un olor extraño apestaba el ambiente pueblerino. Católicos y protestantes habían visto en el parque a los cuervos de mirada felina y volar altanero, cuando se posaron en el viejo olivo de la iglesia.

Una flor marchita se deshizo, pétalo a pétalo, en la mano viril de Juan. Su madre se incomodó, pero se quedó cabizbaja, cavilando en la situación de la vida y en los cambios repentinos que había experimentado el país. Sólo se le ocurrió decirle: “¡Cuídate, hijo!”, mientras se dirigía al cuarto de oraciones. Juan no prestó mayor atención a su madre, y se echó en la descolorida hamaca con aire resuelto…

La noche se vino con un ligero frío de transparencia invernal. Juan se acostó en su sudada hamaca, y minuto a minuto, pensaba en las chácharas magisteriales…

Trece impactos certeros en el rostro, desfiguraron para siempre todo el cúmulo de experiencias e ilusiones…

(Amellastre)

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Tunguska Chillout Grooves X

Tunguska Electronic Music Society

Dos aspectos en la separación de los amantes (Amellastre)

 

Quizás la actitud más frecuente de los amantes, frente al hecho de la separación, es la de culpabilizar al otro, negándose a aceptar el auto engaño del que pudimos ser objeto. Pues, de una u otra forma, todos intuimos lo que nos conviene o no respecto del otro-sobre todo en la fase del enamoramiento y los primeros intercambios verbales, afectivos y emocionales-, pero de momento nos olvidamos, reprimimos o desviamos la verdad objetiva, y elaboramos la feliz fantasía de que todo será color de rosa. De esta forma, acariciamos confiados el yugo que después nos hará sucumbir, pues tarde descubrimos y constatamos-para desgracia propia- que, precisamente, lo que nos ató al otro, bajo el ropaje de la pasión y el gran amor, no era otra cosa que el desprecio del que fuimos víctimas o la intención perversa con que fingimos interés sincero, pero nuestro orgullo y su gran motor-el amor propio- no nos permitió resignarnos a no ser amados y desplegamos todas las armas de conquistadores jamás derrotados.

Y es por esto que llegamos a amar-inconscientemente- el desamor: cosa que tiene mucho que ver con la dinámica del instinto y su fin que, en el caso de la separación, nos impulsa a persistir en la reconquista a como de lugar. Pero, en verdad, cuando el otro nos corresponde, ya no nos sentimos con fuerza afectiva para perdonarle y acepterle, porque no buscábamos el amor sino la satisfacción del yo. En síntesis, caemos presos en el siniestro círculo del masoquismo, o sea, en ese comportamiento inexplicable en el que la persona se complace en el auto castigo, el auto desprecio, el sentimiento de la poca valía y la indignidad; en una palabra, en el placer en el sufrimienton, el cual puede terminar, en el peor de los casos, en el suicidio por amor.

Es por esto que amamos tanto el riesgo y el peligroso juego de los amores imposibles. ¿No os dais cuenta, por ejemplo, que mientras no le damos al otro ocasión de sufrir, éste no se muestra angustiado por buscarnos? ¿No comprendéis, también, que mientras alguien no nos brinda la oportunidad de una nueva relación, no volvemos a encender el fuego de la incontrolable pasión? ¿Por qué? Porque, en estos casos, amamos más el sufrimiento-por la culpa y la recriminación de sí mismos- que el hecho de haber sido aceptados.

Otras veces, por el contrario, sólo nos complacemos, y experimentamos el máximo placer, haciendo sufrir al otro con nuestros desprecios y desplantes. O sea, adoptamos una actitud sádica, la cual se apoya en el sentimiento de venganza por no poder dar ni recibir las gratificaciones que el otro merece, ya que en una época crucial de la vida no las tuvimos de nuestros primeros objetos de amor. Y esto, por supuesto, nos hace experimentar una culpa enorme, que, en la economía del aparato psíquico, debe pagarse al precio que sea. ¿Cómo? Con el auto martirio, la auto conmiseración o el suicidio.

Ahora bien, ¿por qué se dan estos patrones de comportamiento psico- afectivos y psico-sexuales? ¿ Por qué, por ejemplo, preferimos, en algunos casos, ser perdedores a ser ganadores? ¿Por qué, muchas veces, ganando somos perdedores? Sencillamente, porque en nuestro inconsciente repetimos modelos de relación objetal derivados de las relaciones con nuestros padres, con todas las cargas de afectos hereditarios y socio culturales.

Finalmente, ¿cómo podríamos superar estos dolores de cabeza? En parte, siendo conscientes de por qué se dan y del papel que juegan en la relación de pareja -trátese del noviazgo, el matrimonio o del simple trato social de amistad; en parte, también, cuando evitamos comprometernos en relaciones peligrosas, y, sobre todo, cuando consideramos el amor como una categoría superior de la existencia, como una dimensión de la divinidad, y no como un juego carnal o un instrumento de las relaciones mercantiles entre los hombres, las cuales hacen de la relación de pareja una metáfora del poder, en la que uno domina y el otro obedece o uno gana y el otro pierde.

(Amellastre)

Descúbrete mujer (Amellastre)

Poesía

Porque te bañas
Con jabón de olor
Y te limpias con Domeboro,
Mujer,
Te crees liberada…
¡Dime!
¿Con qué lavas tu esencia
Interior?
¿Cómo inocentas tus sueños?
¿Cómo deshabitas los espacios
Confabulados?
¿Cómo desvives el tiempo
Existenciado?
¡Oh mujer! ¡Paraíso de carne!
¡Adentro está tu reino!

(Amellastre)

El rehilete de Fernando (Amellastre)

 

   Fernando, todas las mañanas y todas las tardes, al punto de las seis, iba a poner y a quitar el sol, como creían los vecinos del pueblo Solosueño, pues se decía que dentro del talego de escrotos de chivo, que siempre mantenía asido a la cintura, guardaba los mecanismos  secretos de la radiación solar y de otras taumaturgias. Vivía en una casona destartalada llena de sapos, pájaros terroneros y lagartos sacrificados, que con sus manumisiones vejigointestinales, habían descompuesto el aire en una pestilencia desnarigable. Tal vez por eso Fernando solía sacudirse al primer toque del alba y partía hacia el lugar de su encanto, perseguido por el desaforado ladrar de los perros, que durante las muchas generaciones de su obsesiva peregrinación, nunca se acostumbraron a esa facha de espantajo volador.

   Tampoco convenció a los niños y muchachos, pues a su paso le tiraban piedras y le armaban una batahola del diablo. “Fernando, se te cayeron las banderas del pantalón… Ferna, oculta el sol para elevar el barrilete… Fernandón, ve!, quieres éste caramelo… Fernandito, hijoetuperrisimamadre, báñate!… Fernandete, cara de estropajo embutido, me asustaste… Fernandillo, te cogemos… tu ciencia de chivo…”, le decían en greguería siempre que tenían la ocasión, y era la única oportunidad en la cual se podía observar en Fernando alguna manifestación de miedo o de alegría, pues para todas las demás cosas, era un tambor destemplado.

   Sin embargo, en el cedazo de la imaginación del pueblo Solosueño, seguía siendo el enredalapita de todo enigma soluble, pues en torno a él se había entretejido un sartal de dislates de firmes y lejanas raíces.

   Todo empezó cuando vino, a principios de calendario, el enviado Matusalén predicando el acabóse para recoger los trapos sucios de la imagen cristiana, y preguntó sorprendido quién era ese gallinazo enveranado…

   “-El hijo del viejo brujo del diantres que le dio de coces a la efigie del bendito, cuando la paseábamos en parihuelas, en una procesión rogatoria para que no aparecieran tantos algodones desflorados en la capilla, el mismo día que el padrecito rehusó cristianarle al ratoncillo envuelto en esterillas, que era entonces el Fernando. Este mismo que vive en esa casuca por donde no se puede pasar de la peste, y donde, por las noches, se levantan castillos de fuego, que nadie puede mirar, so riesgo de quedarse ciego para toda la vida, como le pasó a la hija del alcalde que por eso lo mandó a matar, pero no consiguió siquiera asustarlo, pues ese Cristo empapelado o el rehilete, como le dicen tiene los mismos pactos que su padre con el demontres, y desarma a los enemigos sin dejarse ver, como que se sabe la amansajusticia, y se ríe de ellos y los retaca con candela, pues para que lo vaya engullendo, eso es lo peor de todo; vea usted que en esa bolsa de chivo, guarda las llaves del sol, y lo abre y lo cierra, y hasta él mismo será el sol, ya que lo han seguido a ver que es lo que vela cuando sale a las seis, mañana y tarde, para allá donde se ven aquellas ceibas, en el estanque público, y nadie ha podido elucubrar nada, ni el mismo señor cura, quien un día dijo ay, Dios mío, si todos los caminos conducen a Roma, por qué nos obligas a vadear el Rubicón en volaterías, y lo fisgoneó con sus binóculos de papel, que se le volvieron ceniza, y entonces fue cuando nos reunió a sus besapiés y dijo que lo mejor era no seguir creyendo que existían fantasmas y punto-“.

   “-Mentiras, imaginerías, sueños… La luz de mis abscónditos escrutinios arroja que ese pollo emparamado que es ahora Fernando, era el niño de ojos glaucos que sus hermanos cambiaron por “algodones americanos” y boletos para ver a los magos de la cuerda, al dueño de un circo que lo crió y lo empapó de los misterios de sus demiurgos… Da grima no haberlo visto arañando en el trapecio… ardilleando en un arco claveteado de bicicleta… tragándose un purgante de vidrio molido y trasbocarlo digerido en bolas de cristal con lombricillas de oro… o soportando el fuego en la hoguera del sacrificio como un becerro metálico en Bengala, para berrear sentencias iluminadas que dejaban babilargos o legos y doctos… Esa resumancia prodigiosa le granjeó el odio de muchos compañeros, pues no hay peor cuña que la del mismo palo, y un día, cuando mas concentrado estaba en la sesión del fuego, uno de ellos mordió un limón en cruz y a Fernando se le fueron eclipsando las bombillas del caletre, y se echó a correr caminos… hasta cuando vino a dar a este pueblo de calles pegajosas, móviles entrecruzadas y a menudo cubiertas por una babaza como de pócimas de yerbario, por donde se deslizan arañas alucinadas-“.

   “-No faltan quienes dicen que Fernando está así, avetolondro, porque se burló de la única mujer que lo amó con pellejo y todo cuando era colegial, pero él no quiso corresponderle, aunque bien echado estaba, porque ella había sido la alcancía de todos sus amigos en el cabaré de en frente del colegio; ni aún después que se vistió de santa monopecadora, y le dijo claro y cantando que la novia del estudiante no podía ser la esposa del doctor, y le tiró las puertas, sin siquiera darle las gracias, y a ella se le inflaron los ojos de sangre y el pensamiento se le ennegreció, y besándose los dedos se dijo, por esta santísima cruz, que ni serás profesor de historias ni qué mierdas, y con artimañas de nigromanta le arrancó un cabello del cráneo, el día de su cumpleaños, y se lo incrustó en el buche a un gallinazo… y abracadabrete, cabeza de rehilete… Después se sonó que Fernando andaba un poco zafado, pues se ponía a chiflar discursos erásmicos, los cuales remataba diciendo YO, FERNANDO, EL REY SOL… y le buscaron brebajes hasta en la meca de la seca, pero nada que e le calmara el hormiguero y se dio a ver correr los árboles de los caminos como quien viaja en automóvil… hasta cuando llegó aquí con su fama de rey sol o solo, que será lo mismo, y el pueblo lo recogió porque estaba haciendo un invierno prodiluviano, arrumándolo en la casucha esa, que según un testaferro fue el nido de su desaparecida ascendencia…pero se cree que todo es obra del espíritu de su padre que le suministra el bolo calórico y lo maneja como a una pelota mecánica, para vengar las imprecaciones que el párroco le desbozalaba no se sabe a santo de qué… Así empezaron nuestros credos-“.

   …Matusalén, que no había enrevesado más palabras, sintió un extraño escalofrío y, sin despedirse, se marchó en la acémila ramonera que lo trajo, escupiendo maledicencias y acuciado por el górico coro de los perros endemoniados. “Pueblo fatuo”- pensó indignado.

   Mientras tanto, Fernando paseaba su liviana existencia por la telaraña trapezoidal de las calles de Solosueño, mirando siempre hacia arriba, como cantando las burbujas que forja la miraba al contemplar larga y fijamente el espacio. Mas no era eso lo que buscaba. Columbraba, miraba y remiraba hasta calibrar las serpientes multicolores que se bebían las nubes. Entonces, a pesar de la perrata de los muchachos involuntariamente se acercaba al sitio del recreo, en la laguna pública donde tributan todas las calles, que para él resultaba asaz doloroso, pues su fantasía era removida en sus herrumbrosos gozmes.

   Al principio cuando contemplaba el firmamento adornado de tantas abejas juguetonas, era feliz dejándose conducir por galerías fugaces del sueño; pero en cuanto soplaba un ventarrón que despistara alguna de las cruces empapeladas, haciéndola un rehilete, ahí comenzaba la desazón y un zarzal de imágenes buscaba irrumpimiento en su mente. “Ninfas emparamadas espejos papel bendito vueltas vueltas vueltas cápsulas infernales látigo invisible maldad tirantas ángeles sangre cocodrilos rehilete rehilete rehilete”, borboritaba como una lluvia bengálica. Y eran siempre las mismas ideas chirriantes, astillosas y vueltas torbellino de humo en torno al tolondrón de sus recuerdos.

   “-Estábamos elevando la cometa cuando vino una brisa loca que la desmadejó, lanzándola al agua. entonces, como Fernando parecía paralizado y no cerraba el llanto, le dije que por la mañana, a la hora que las ninfas salieran a recibir el sol, se lo devolverían aforrado en azul y blanco como los nichos de los ángeles-“, dijo Baquico do Nacemento a su mujer Magdalena Cleo, antes de que los encapuchados los colgaran de las tirantas y Fernando amaneciera en un lugar desconocido.

   Los muchachos lo abuchearon y salió disparado para la rabiza del pozo, donde acostumbraba cazar los animalejos que le servían de sustento. Mataba y guardaba en la talega. Luego, cuando los iba ordenando en filas, en el anfiteatro de su caseta, a cada una le soltaba alguna cantinela, a la manera que lo hacían con él la maestra Orfelia, el cura Ángel Polo y su madre. “Chis, chis, chis…  los espejos devoran a los niños desobedientes… Chis, chis, chis… los barriletes alcanzan a los ángeles… Chis, chis, chis… los ángeles son reflejo de virtud… Chis, chis, chis… los barriletes son el alma de los niños… Chis, chis, chis… barriletes, ángeles, rehiletes… Chis, chis, chis…”, repetía como un disco desrevolucionado lleno de “voces antiguas”, y al final de cuyo rito, daba pavor mirarle sus ojos de fuego semejantes a los de un perro picado por el agua.

   “-Siempre vivía lelo. Mientras enseñaba el abecé, estaba corriendo parejas imaginarias en cabellos de palo con un enanito bembón, que se lo ganaba por que su corcel tenía la cabeza de trapo y a él se le agarrotaban las piernas y todo era tinieblas… Y en misa era puro miedo. No podía soportar el momento en que el cura trajera a cuento la alegoría de la cometa que se convirtió en cocodrilo debido a que no estaba aforrada con el papel bendito de la capilla, porque a la salida no sabía irse solo y decía que el camino se le iba, lo extraviaba”-, dijo Orfelia.

  La noche lo había arropado. Ahora yacía postrado sobre unas esterillas deshilachadas, formando un emplasto fantasmal; caído en las profundidades pantanosas del sueño como un cilindro vacío arrojado al agua; entregado al ejército  infernal de las imágenes que sitiaban su estragada mente… patinando en la tembladera nebulosa de Solosueño.

(Amellastre)

Music:

Grief of the Mermaid by Vada

Album Tunguska Summer Solstice Vol.1

Tunguska Electronic Music Society

Hombre bigotesuero (Amellastre)

 

                      A Jairo Aníbal Niño

  No fue así como lo vi aquella vez. Me pareció, entonces, un ser nada lunático como pensaba yo que debían ser todas las personas que trataban de hacerle creer a uno el truco de la transformación de la vida por el mágico arte de la palabra. El, en cambio, era aterrizado, extravertido y elocuente, es decir, humano. Habló; leyó, y conversó con todo un paraninfo lleno de inquietudes e incertidumbres. “ ¿De dónde nacen los cuentos?”, recuerdo que le preguntó un estudiante, y él, calmado, seguro de su arte cual mago artero, empezó a decir su palabra iluminadora… “En las fiestas, en las calles, en el trabajo, en la escuela, en el hogar y, sobre todo, en el rincón oculto de la infancia que hay en cada uno de nosotros… Ahí están los cuentos… Id a buscarlos…”

   “¿Así de sencilla es la cosa?”, pensé, y empecé a evocar el caudal de impresiones infantiles que en mi confusa alma luchaban por encontrar su forma. Y fue así como, de pronto, me aguijeó el deseo de escribir.

   Pero nada escribí entonces. Sólo hoy, después de 12 o 13 años, he tenido la luz… El ambiente fresco de un club pueblerino, la imagen distorsionada del ser idealizado, con su nívea y rala cabellera y, sobre todo, con ese bigotesuero debajo de una nariz de circo, me movieron a este parto diabólico de contar los sucesos elementales de la vida.

   Ahora sí, con toda la razón del mundo, creo que también podría afirmar: “¡Por ahí están los cuentos!”

(Amellastre)

 

Mañana será otro día (Amellastre)

 

(A todos los loros parloteros del mundo)

  Tengo que escribir una carta. He dado tantas vueltas y revueltas, que no me atrevo a aseverar nada de nada, tanto que he pensado echarlo todo por la borda pero me aterro, pues tengo que enviarla por sí o por no; quizás por sí, aunque me hubiera sentido mejor escalando al cielo como un barrilete sin cola que verme en este atascadero de la gramatología. “Así es la vida, qué le vamos a hacer”, me diría mi abuela… “Como no sabes garabatearla si en la clase eras la divina verraquera para las notas… así que se te oxidó la memoria o no sé… y estás metido en un compromiso serio porque hoy después de haber obtenido solemnemente ese papelote que ves pintado en la pared le has visto la cara a lo que tu papá te decía que no fueras zoque… que esos pelagatos estaban apenas por ganarse el pan… que ni siquiera sabían dónde estaban parados… que te fueras a cultivar la tierra… a criar tus animalitos… que la enseñanza era para los burros para que no se encabritaran cuando le pusiéramos la carguita para irnos para el pueblo… que tendrías plata en el bolsillo y las muchachas no te escurrirían el bulto…”.

   Tantos intentos me tienen atiborrado, pero haré el último… Miro el reloj público para apercibirme del tiempo y alguien dice: “Está  tan atrasado como el correo”. Entonces me apresuro a casa cabizbajo, dándole riendas al potro cerril de las ideas. “Primero la fecha, luego el destinatario seguido del saludo y por último.. la fecha”, es todo lo que recuerdo de los modelos que nos dictaba el profesor de letras, pegado a quién sabe qué maula de autor o quizás a alguno brillante porque él nos decía que su texto, que nunca le conocimos, era de un autor foráneo. Esta fórmula de tanto repasarla le he reducido a una sola palabra: el busilis, pues aquí se me rompen todos los cabestros y no logró enjalmar al ágil pegaso, menos montarlo.. Me sosiego un poco mirando las trampas de espinas que le hemos tendido a los murciélagos debajo del caballete, el crucifijo de madera enclavado encima de la puerta de la calle y unas figuras de deportistas que recorté de una revista argentina, y luego vuelvo a ensayar: escribo… leo… borro. ¡Qué fastidio!

    La brisa continúa danzando entre los árboles, y a ratos se hace tan intensa, que se resquicia por la ventana y me envuelve en sus lozanas alas. El sol sigue su coruscante sendero. Y los pájaros, desde los frondosos árboles, emiten alegres y sentidas tonadas… Todo lo cual me hace elucubrar, con la farola toda pila, en la insondable caverna donde personas y cosas son espejos velados…

   Luego de este descomunal descenso a los lugares de nadie, siento que algo se está transformando dentro de mí y surge como una sonrisa primaveral…

   Mi mente se siembra de recuerdos; sobre todo de los años estudiantiles. Ahora caigo en el aire sacro y doctoral que rezumaban casi todos los profesores, en sus métodos caducos y en sus cabriolas noseológicas, que si alguien se las requería se deshacían en palabreros malabarismos, teniendo el descoco de responder, “¿a quién culpamos?, nosotros sencillamente hacemos empollar el pénsum”, y a quién diablos íbamos a cargarle el polluelo muerto, pues para tragar entero, éramos unas meras gallinas cluecas; pero bueno, lo sido, sido, y que no siga siendo!

   Ahora sí, voy a correr la carta. Salgo de prisa pasándome las manos por la cara para esclarecerme la vista y me dirijo a la oficina postal. Ha sido tarde. Mi carta llegará…

   Regreso con los ánimos como plomadas  y me tiendo bocabajo en la cama a rumiar mi derrota. Entonces recuerdo que un profesor al que habían destituido no sé porque motivos, me decía que el día que me decidiera a pensar por mi cuenta, iba a cambiar el nidal de loros parloteros que tenía en la casa, por otro de búhos cogitahondos. Esta idea me hace saltar de contento.

   ¡Mañana será otro día!

(Amellastre)

La resurrección del milagro (Amellastre)

Parecía un sueño de pobre. Todos los científicos del mundo se reunieron por primera vez sin tener en cuenta barreras políticas, religiosas, étnicas o humorales con único propósito:  despertar del marasmo de la muerte al hombre más rico del planeta. La empresa, como es de imaginar, no fue nada fácil. Había sido necesario recurrir a una maravillosa combinación del flogisto-placebo-láser para elaborar el antídoto revitalizador.

El mundo entero, ante tan prodigiosa buena nueva, estaba convertido en un hervidero de expectantes fantasías.

Por fin, después de miles intentos fallidos en pruebas y contra-pruebas, en aplicaciones y contra-aplicaciones en aquel purgatórico hibernadero, el grupo de canosos sabios logró la resurrección de Lázaro Onassis, el magnate de oro. El sueño era en este momento una rabipelada realidad. Ahora surgía del letargo del hielo, con su cara de todo lo puedo y su horrenda silueta. el hombre que en su primera vida no tuviera deseo que le diera cacao espeso, excepto el que tenía al mundo saboreando la sal de la esperanza.

Los primeros en reaccionar fueron los médicos. Un abrazo de emoción los unió, pues en sus cábalas el problema vida- muerte  dejaría de ser la astilla meta-física de la humanidad, y en esto vislumbran una clara posibilidad para lograr la paz tantas veces regateada. Los desheredados del estómago también expresaron su borboritante entusiasmo. “Por primera vez tendremos la oportunidad de escapar realmente de esta abyecta situación haciéndonos hibernar hasta cuando corran nuevos vientos y el limo de tantas mentiras quede en el polvo del olvido”, hizo saber en un comunicado la Asociación Mundial de Barrigas.

El ultimo en participar en el alborozo fue Onassis. Asediado como estaba de tantas ocurrentes preguntas, no había tenido suficiente lucidez para dibujar el panorama de su futuro. cuando un  periodista de la AP le formuló esta pregunta, un acalambrante escozor llenó su anonadada mente y un pensamiento nefasto se posesionó de ella.

– Hubiera preferido la inercia, a tener que verle en adelante el rostro a la miseria- dijo con voz quejumbrosa.

(Amellastre)

 

EL cenáculo florido (Amellastre)

 

Cenáculo de poetas
en sus ceñudas disquisiciones.
Alguien que pasa
lanza la astilla suelta:
¿Por qué sois poetas?
El grupo sobrecogido
empieza a escamar
la recóndita esencia…
Yo- dice el primero- porque
sufro.
Yo-responde el segundo- porque
sueño.
Yo-exclama el tercero- porque
siento el infinito.
Yo- interpela el cuarto- porque
pienso.
Yo- repone el quinto- porque
creo.
Yo-intercede el sexto- porque
no soy.
Y esta peña dialéctica
hizo blanco en el colmillo
afilado de la presunción.
Entones, se acabó el cenáculo,
¡y reinó la Poesía!

(Amellastre)

Amor a medias (Amellastre)

Poesía

¡Amor a medias!
Ardes en llamas
sin poder sentir
el abismo frutal
de la vida.
Tú lo impides…
Deseo plastificado.
Chaleco blindado
a inesperados ataques.
Túnel prestado
a la fiesta de la carne.
Mentiroso sustituto
de la orgía solitaria.
Imaginario vestido
del cíclope de tres pies
y lenguas de fuego,
visitante voraz
de las insondables aguas.
Camuflado ladrón
de los joyeles encendidos
de la noche y sus lúdicas
batallas .
Impune asesino
de sueños y proyectos.
Cómplice impúdico
de infidelias y deshonras.
Entretén(y)miento fugaz
de músculos en frenesí.
Consejero infiel
de desilusiones, forjador
de irrealizables sueños.
¡Falsario!¡Impúdico!
¡Oh desechable y vacío
condón!

(Amellastre)

Elegía de las sábanas (Amellastre)

Poesía

Hoy las sábanas
luchaban con el cuerpo friolento.
Masa abandonada en las fetales aguas
de la soledad y el olvido.
Nada se sentía.
sólo el canto siniestro
de la paloma de la virgen
con sus marcados acentos.
Luego, la cotidiana rutina.
El baño. Los libros.
La destemplada guitarra
y el Colegio.
¡Bruma lejana y espesa!
¡Espacio deshabitado!
¡Sombra caminante y vaga!
¡Pesadilla de los recuerdos!
Por fin sé que te has ido:
con tu voz, con tu risa,
con ese olor de hembra
siempre deseante…
Ahora, en confesión, me digo:
¡Amor es olvido!

(Amellastre)

Canción con coro urgente (Amellastre)

Poesía

¡Pueblo manso!
Hace días el miedo empezó
a dar coletazos de furor
en la nívea conciencia
de tus hijos castos…
Con luctuoso plumaje
y pico amaestrado,
ha ido urdiendo
con invisibles hilos
sus colgantes nidos.
En las ramas secas,
en los alares enteleridos,
en las almas devotas
y en los enjutos pechos
de corazones oprimidos.
Y estamos mudos
con nuestra voces en río.
Callados detrás de las trincheras
de pensamientos bravíos.
Estamos atados de manos y pies
delante del sacro altar
del promitente Crucifijo.
Hincados en las ardientes piedras
de un castigo inmerecido.
Estamos amordazados
con los sucios pañales
de quienes no nos quieren vivos…
Pero estamos esperando
con paciencia y sigilo
que llegue la Hora de todos,
como Quevedo dijo,
en que se voltee el cotarro
y se enderecen los destinos.
Para que se acabe el insulto
del falso lenguaje instituido,
la amenaza solapada pierda su brillo
y se pueda soñar, respirar y volar
un cielo de pájaros encantados
con azules trinos.
(Amellastre)

Amar o no amar: esa es la cuestión (Amellastre)

Poesía

Quien ama,
está ansioso, es apresurado, yerra;
quien no ama, es calculador, acierta.
Quien ama, busca la compañía del ser amado,
piensa en él, se desvive por hablarle;
quien no ama, juzga prudente distanciarse,
es indiferente, y hasta considera cauto
evitar la frecuencia comunicativa.
Quien ama, va con el corazón desnudo, íntegro,
inocente;
quien no ama, lleva sus sentimientos blindados
y usa la prudencia como arma artera.
Quien ama es débil, doblega su orgullo;
quien no ama, es fuerte, muestra su entereza de ánimo
como prenda de garantía.
Quien ama, duda, lo corroen los celos;
quien no ama, confía, es impasible.
Quien ama, sufre con el menor gesto de desprecio;
quien no ama, aguarda amordazado dar el zarpazo.
Quien ama, enuncia su verdad con la inocencia del ángel;
quien no ama, esconde su mentira y actúa como Tartufo.
Quien ama, recita emocionado su bello poema;
quien no ama, se mofa de la sublimidad del alma.
Quien ama,en fin, sueña que será amado aún en sueños;
quien no ama, también, sufre por no amar…
¿Qué es más trágico, entonces:
amar sin ser amado o ser amado sin amar?

(Amellastre)

 

Music.

“Desire” – Shelllink

Album: Tunguska Chillout Grooves X

Tunguska Electronic Music Society

El vaso de las tormentas(Amellastre)

 

Cuando la tormenta penetra el cristal obscuro, el naufragio parece evidente. Una gota más y el cielo se abrirá.

Lo malo es que siempre tratamos, en vano, de salir hacia arriba, cuando de verdad nos ahogamos, por no saber llegar hasta el fondo del vaso encantado…

Porque de ese vino embriagador han tomado los dioses.

Por eso, no sueñan, ni navegan barcarolas de cristal, ni pintan ignotos paisajes, ni adoran estrellas fugitivas, ni cifran en un signo su destino, ni esperan siquiera un Día!

Mas nosotros, los desheredados del reino, todo lo perdemos esperando nada… ¡Oh sabios! ¡Oh dioses! Interrogad al vaso, y exigirle, en nuestro nombre, la verdad!

O por lo menos, que nos permitan libar de su savia exquisita, ¡la dulce embriaguez del paraíso!

(Amellastre)

Eva en la rueda de la cumbiamba (Amellastre)

 

“¿Qué su-ce-de?”, había preguntado el viejo Caritostao que reposaba una embriaguez agridulce en su hamaca de complicada urdimbre. “Se acaba el mundo”, le contestamos, y entonces sonó el chillido de su desusada matraca y salimos armándonos de cuanto rudo artefacto encontramos a la mano, para defendernos del enorme caballo de aspas de madera embadurnada con colores extraños, que estaba varado en la playa, y cuyos atronantes relinchos embravecían las olas e invadían de impresentidos espantos, los contornos de nuestra apacible tierra. Así que nos fuimos arrimando, entre retrecheros y decididos, arrejolándonos en los árboles y lanzando qué gritos, para ver si lo corríamos, pero qué va, ahí parecía sembrado como para rato.

     -¡Incendiemos el mar!- nos dijo en claves el viejo Caritostao.

Sin preguntarle cómo, nos esparcimos arrebatados por entre el cacaotal, buscando los rimeros de leña, las hojas y cañutos secos de maíz y las palmitas de nuestras chozas, para formar la gran palizada que redujera a cenizas, el mar con sus plagas innominadas. Pero nuestros propósitos se ahogaron, pues cuando íbamos como jauría acezante, nos encontramos con las coyas que venían a participarnos las paces contraídas con el invasor desconocido. “Ese animalote lanzaba humo requemado por la cola, resoplaba silbidos de chicharra nostálgica y más bien parecía una chalupa de bonga labrada al hachón”, nos dijo Chulita. Un zagalón impresionado trabalenguó que había visto una dea que fumaba tabaco blanco dentro de esa jaula mágica y que lo sonrió dulzarrona. “Me le clavó el ojo al chibcha que irradia como el sol”, expresó la caratoña del Caritostao, señalándose el anular. Este, al final de dichos chivajeos, nos dijo:

     -!Muchachos, vístanse de malicia y acerquémonos marchando en fila guerrera!

Cuando vimos una banda de trapo que se movía en señal de amistad, nos encimamos y descubrimos la otra cara de la ahuyama que nos sostenía, pues esos animalitos de feria no podían ser de éste mundo, con sus caritas de yonofuí, sus barbas de carnero cerril y sus manos de no-sé-hacer-nada. “Buenos para tumbar bosque, ah?”, me dijo al oído Guardacaminos. Entonces el cacico se descubrió de su sombrero estrellado, hablándonos en apretado galimatías; pero por sus gesticulaciones dramáticas le adivinamos lo que querían comunicar: que venían de Spanglia a buscar loros. Yo pensé(…qué bueno que despojen las montañas de esa petulante algarabía, pero qué malo porque ellos parlan a pico chorriado y embrujan a nuestros chinos con sonsonetes, enseñándoles los misterios de las selvas…) pero todos nos quedamos lelos…¡La luna a pleno día! Parecía salida de su naranja de fuego, mirándonos compasiva, como que al fin atendió a la cantaleta de lunita dame pan, que tus hijos me cobrarán, que todas las tardes le repetían los chamacos, y vino orlada como una mujer en subasta, con taparrabo y totumas pezoneras, y con una madeja de cabellos que enredaría las esperanzas de Jesulo, el perico de las niñas.

Eva de la luz Cantimplora, fue el nombre con el que nos la presentaron, y eso corroboró la corazonada de aparición sobrenatural que nos había invadido desde el momento en que sentimos los quejidos animeros del mar revuelto. El viejo Caritostao se despojó de sus atuendos de campaña y reverenció a la dona, postrándose a sus pies y besándoselos: “Fue el ósculo más dulce y el más agrio”, diría después el Caritostao. En el instante comprendimos que nuestro deber era ofrecer a los enviados el venado de cuernos retorcidos, la mandioca de raíces zipotudas, la mejor aroma frutal y la chicha más humeante, para que nos protegieran de las canículas, que ponen la tierra como chicharrón de rayo.

                                                                       

Al caer el día, el viejo Caritostao rompió una olleta ciega que se desgranó en fantasías doradas e hizo que la embajada se apiñara como rapiña con carroña, disputándose los filetes de oro tallado que se perdían en la arena. Ya la dómina no parecía tan cercada de misterio y caminaba sin retozos, semejante a una potra recién amansada. Su jefe estaba menos timorato y no cesaba de preguntar dónde conseguíamos ese barro tan extaño. Mientras tanto, nuestros retoños formaban las hornillas y nosotros afinábamos las flautas de millo, los pitos de papayote y las hojas de matarratón, para abrir la cumbiamba.

     -¡Vamos a soñar luceros!- invitó la maja Cantimplora.

Cuando los gallos cantaron por primera vez en la noche, ya nos habíamos secado las calabazas de potaje. Entonces la damita, que humeaba de la rasca, destapó unas botijas de menjurje caliente- que sabía a caldo de sapo-, y nos sonsacó a bailar los ojos en torno a sus hechiceros movimientos de músculos, caderas y hombros. Pero la bestia de la pasión se desbocó y al unísono nos lanzamos a la rueda cumbiambera, y ora yo, ora el Caritostao o bien Guardacaminos, la apretábamos, la pelliscábamos y la zarandeábamos como perros a su rendida res. Ella no hacía sino irse en risas e insinuársenos en una forma, que nos hizo pensar que se trataba de una artimaña suya, para que sus compañeros fisguearan los guacales y se guardaran las piedras amarillas que ponían nuestras guarumeras cuando tomaban el agua llorada. Así que nos desembarazamos de nuestros alborozos, dirigiéndonos a donde creíamos que dormían su borrachera esos pelafustanes de carabela, y encontramos que estaban más alentados que todos nosotros juntos, que discutían entusiasmados y que en hojas de cactus habían grabado un zarzal de garabatos, dizque “para poner a nustra Majestad a rumbiar en la ambición”, nos dijeron.

“Mordieron el anzuelo”, pensé que les diría la Cantimplora a sus cabroncillos, y habría explosión de risa. “Las guacas se revientan solas”, terciaba, seguramente, el rumbero invitando a otro trago. Cada uno de nosotros, a su vez, trataba de comunicar su nuevo estado de ánimos. Chulita dijo que había oído en el canto del gallo el anuncio de una peste de escasez, en la que para sobrevivir habría que aguantar más hambre que el retrato de Simón Bochica y dormir parados como espantapájaros. La mija del Caritostao comentó azorada que durante la noche soñó varias veces que éste estaba fragmentado en partes desiguales, una que caminaba sonriente por un bosque de frutas desconocidas y la otra que estilaba tristeza y miraba indiferente los sembrados enmalezados y enrarecidos del huerto.

     – ¡Fue el ósculo más dulce y el más agrio!- dijo con amargura el Caritostao.

(Amellastre)

Desvelos (Amellastre)

 

¿Te acuerdas que íbamos nadando las mismas aguas,
dispuestos, ambos, a cruzarnos la inmensidad?
Yo iba adelante,
con la mirada clavada en la otra orilla.
Se veían las aguas tranquilas,
y las tarullas, con sus flores rosas y lilas
coronadas de flautas,
dibujaban un cuadro de onírico trasfondo.
No había temor alguno. ¿Recuerdas?
Pues la única profundidad
era nuestra ilusión del más allá.
Y el único peligro,
la certeza del deseo.
Así íbamos por el brazo cristalino
de aquel sueño, manga de esperanza.
Y tú, queriéndote adelantar,
por llegar la primera. ¿Te acuerdas?
Mas de pronto, me asaltó la duda.
presentí la imposibilidad de llegar,
como si las aguas se hubieran imantado,
condenándonos a permanecer ahí,
cercanos y distantes,
en el mismo piélago azul oscuro,
pero a salvo del gran misterio.
Tú me alentabas. ¡Recuerdas?
Pero ya estaba afuera, en el espeso fango,
luchando por alzar la cabeza…
Y tu padre, ahí.
La luna reverberaba.
Y el silencio hacía pensar en algo sacro.
¿Acaso el amor? ¿Acaso la muerte?
¡Oh misterio de las almas!
En esas estaba, cuando te vi salir
con tu larga cola de estatuas.
¿Era el deseo de tu padre?
¿Era el signo de mi destierro?
“¡Dos azares!¡Dos frustrados sueños!”, pensé.
Pero llegó el canto de la aurora
y la duda voló del nido,
pues te vi ahí tendida,
¡mansa, total, llena de aromas,
de insinuaciones y retos!¿Te acuerdas?

(Amellastre)

La muerte baila su San Vito (Amellastre)

 

¡Oh bambasú de los adioses!
Si hoy se mata por no nacer,
¡como celeste adelanto
al abismo!
Pues Ella, nariz de garabato
y esbeltez de cucaña,
trae maquilladas las arrugas…
Primero,
con flores y asteriscos.
¡Ah negro pregón, encargos
de mercado!
¡De feriados luceros!
Luego,
como semillas de granizos,
como sorprendidas hojas
y frutos disecados por el viento
caen, implumes,
sus afortunados deudos.
Después,
tierra asfixiada de sueños…
¡Blancas mariposas!
¡Y encantadas palabras
al vuelo!
Finalmente,
la lluvia bendice y lapida
el traslúcido panteón
de la carne.
¡Adiós, amor!¡Trémulo San Vito
de los cementerios!

(Amellastre)

Palabras no dichas (Amellastre)

 

A ti, hijo, amigo, amante, alumno, profesor, enamorado, esposo(a), escritor o intelectual, pasajero solitario de obligado viaje; aturdido caminante de incierto camino; ser domesticado a fuerza de consejos; bípedo de dobles entendederas; hablante de cuatro palabras; mono de amaestrada dialéctica; discípulo de oscura filosofía, y, en fin, sabio de docta ignorancia:

Supongo que como miembro de la bella especie darwineana, también tú, recónditamente, has experimentado, con angustia e impotencia, el fastidio y la duda con tanta humana verdad, tanta lógica y tanta razón…

Por eso, al igual que el insigne Caballero de la Triste Figura, te invito a que recorras un momento por los “peligrosos” fueros de la “sinrazón”, pues como decía nuestro personaje de marras, “hay razones de la sinrazón que a mí razón parecen”. Y, en realidad, no queremos promover un nuevo credo, ni una nueva locura.(Recordemos que en las “sociedades de discursos” la locura siempre ha sido un mito, o mejor, un recurso legal contra la ilegalidad, es decir, contra todo lo que traspasa los “límites”).

Sencillamente, queremos, por un momento, sacudirnos el polvo de la memoria amalgamada con la “domesticada realidad oficial” y repensar nuestro cotidiano contacto con el mundo y la manera como estamos llevando la vida, un tanto al albur de las olas, sin reconocer siquiera – con Jorge Manrique- que “este mundo es el camino/ para el otro que es morada/ sin pesar/, mas cumple tener buen tino/ para andar esta jornada/ sin errar”.

Para empezar, por ejemplo, podríamos ensayar los principios de un sano evangelio, así:

                  No existas, vive!

                  No afirmes, debate!

                  No culpes, comprende!

                  No repitas, crea!

                  No aceptes, piensa!

                  No enseñes, aprende!

Esto, frente a unos patrones socio-culturales chatos y promovidos desde arriba, a través de los medios de comunicación, y frente a un sistema educativo que insufla la malsana ideología de los mezquinos intereses de clase, por medio de decretos y leyes inconsistentes, creo que sería una medida más que saludable. Sobre todo, si nos decidimos a no dejar que otros vivan la vida por o a través de  nosotros, siendo simples espectadores o pasivos receptores, tanto del mundanal ruido, como de los grandes acontecimientos de la historia y de la vida misma.

Por ello, amigo, te invito: ¡decídete a ser! Atrévete a incursionar en el misterio de lo simbólico y lo imaginario: Esto e, en el mundo del sentido cultural y de la dimensión espiritual del ser humano. La lectura y la escritura son un buen terreno. También lo son la experiencia pedagógica bien concebida y la experiencia artística y poética. ¡Inténtalo!

(Amellastre)

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