Esa mañana Juan había despertado más temprano que nunca, y deseoso de ver el día se levantó, fue a la cocina y puso a hervir el café y la vitualla; no quiso llamar a su mujer porque apenas convalecía de un dengue que la tuvo indispuesta durante una semana y puso patas arriba el presupuesto doméstico, pues hubieron de gastar los ahorros que emplumaban en el oxidado galpón de la Caja Agraria y unas gallinas y una marrana que les dieron de dote matrimonial. Eso fue lo que movió a Juan a pelarle la cara y lamerle la herida al perro zalamero del mandamás del pueblo, que lo había sonsacado a que abandonara el oficio de maestro en la vereda de Monteadentro, bajo promesa jurada de conseguirle un empleíto de mejor laya, pero eso sí, a condición de los veinte votos que le ponía por debajo de cuerda a su adversario. “No hay más de qué hablar”, le dijo entregándole un sobre membreteado en el que se leía: CONTRALORIA DEPARTAMENTAL.

   Juan desayunó y se fue a la cómoda para desarrugar el mismo gabán con que optó al rótulo de bachiller. Entonces tomó el sobre membreteado para guardarlo y sintió una especie de avispero que agujereaba su anonadada mente. Pensaba en todo y en todos cuando su mujer lo inquirió:

  -¿Dónde vas, Juan?

  -Voy a la capital

  -¿Y eso?

  -Será una sorpresa- dijo, y salió erguido.

  Llegó a la plaza y abordó un jeep, pero como demoraba la partida, tomó otro color lila cuyo chofer brincó el turno al anterior, pasando por alto las aparentes recriminaciones de su cuñada, el despachador.

  El chofer, seguro de su eficacia en la cabrilla, miró oblicua y socarronamente por encima del hombro y señalando a Juan, dijo:

  -¿Ese fue el vestido que te regalaron  cuando arreabas leche, ah profesor?

   Juan ahogando su furia, se dijo justificándose: “Mañana me hablarás en otro tono…y cuán feliz se sentirá Carmen”.  Dejó su ensimismamiento, escuchando las últimas que lanzaban  los otros pasajeros: “Que fulano se agarró dos quintos de lotería, que a mengano le robaron cinco vacas y anda detrás de los cuatreros por su cuenta y riesgo, que perensejo raptó a la hija de zutano y seguramente no le harán nada pues su tartabuelo puso el primer adobe para el edificio consistorial”, y un sartal de nuevas de las que estaba en el limbo, y de las cuales tampoco quería saber nada, tal vez porque ese rumoreo lo pondría a él sobre el tapete. “De suerte que mi mariposita verde no ha revoleteando en los oídos de éstos”, pensó. Iba a encender un cigarrillo cuando el carro trastabilló por el resalto de arena y cascajo y por poco se vuelca.

  -¡Conduce con cuidado!- le dijo Juan al chofer

  -¡Échale la culpa a otro!-respondió éste.

  El sol que apenas despuntaba, desplegó sus abrazantes rayos por toda la llanura y la brisa veranera hacía del polvo espesos torbellinos. Los pasajeros iban casi asfixiados y tomando a satanás por sus estribos, unas veces acuciaban al chofer para que acelerara un poco más y otras le pedían que mermara, amedrentados por el mal estado del camino. Juan pensó: “Debí decirle a mi mujer el motivo del de mi viaje a la capital para evitarle preocupaciones… En estos días de su concepción tiene los nervios de punta”. El chofer paró un momento el vehículo para comprobar sus sospechas de que una pata  cauchera iba falta de aire. Buscó el fuelle debajo del cojín e infló la llanta hasta dejarla que apenas besara la superficie. Los tripulantes no protestaron por la demora porque al momento se embelesaron mirando el espectáculo aéreo de dos aves que se disputaban una mortecina, lo cual contagió también al conductor, impidiéndole zigzaguear el impacto del camón carga-ganado que venía bandeándose en los altibajos de la vía.

  “Cinco muertos, dos heridos y tres ilesos en aparatoso accidente”, informó el noticiero del mediodía, mientras Juan deliraba: “Esas avispas me pinchan… me recriminarán… mija tráeme esa carta… cógela… quítasela a esos esqueletos que tengo mucho frío…”.

   Y en el pueblo del cacique Chincé no había más comidilla que el accidente. “Esa es la vida”, decían algunos. “La venganza divina”, sentenciaban otros, ateniéndose a que el chofer se había robado el turno. En tanto, el resto cargaba la culpa a los gamonazos que, desde la guerra de los Colorados, en la que la patrona del pueblo impidió su destrucción sacando los arroyos de madre y trocando las municiones de los enemigos por balas de algodón, le habían prometido sucesivamente a la gente que lustrarían la carretera. “Después de las elecciones se pondrá en marcha el proyecto”, recordaba todo el mundo.

  Pero como esa misma bandera el sindicato de choferes incitó a la población para que dejara la majadería de ir a las urnas electorales a depositar su esperanza ciento cincuenta mil años frustrada con el mismo cuento, sólo que quienes lo referían se turnaban para amañarlo. De modo que al día siguiente vomitó las lombrices de su odio en el entierro conjunto en el que todos los choferes desfilaron hacia el camposanto en sus vehículos con guirnaldas moradas en forma de hoz, colocaron una llanta al rojo en la puerta de la capilla y pidieron la cabeza del parlamentario que durmió su ineptitud en la silla senatorial, después de haber prometido que con su vox pópuli astronaría las instalaciones del Congreso y “desvestiré a la bruja emperifollada de la democracia para que todos sepamos de su olímpica embriaguez”, había dicho en uno de sus momentos más inspirados.

   Carmen también asistió al sepelio vestida de medioluto. Aquellos actos suscitaron su fantasía y, en un acceso de miedo, pensó, tocándose la barriga: “Ay, mijo. ¡Casi naces póstumo!”

   A su vez, Juan, en su desvencijada camilla del Centro de Salud Regional, sentía el avispero de la culpa en su conciencia de maestro sonámbulo: “…Esa corbata de plumas de pavo real larguísima se mueve juguetona… Subo unas escalas alfombradas con hojas de mil colores… ¡diablos!… esas enredaderas me impiden el paso…”, soñaba pesadamente.

(Ammellastre)