“Ya me voy, hijo… Sólo te encargo que trabajes y veles por tus hermanos… Eso sí, pobre pero con la frente en alto”, recordaba que le había dicho su padre en el lecho de muerte. De eso hacía más de veinte años, y en los oídos de Don Rodri retumbaron intactas esas palabras, cuando tuvo que arrear el burro hacia el pueblo de Solosueño. “Empezaré vendiendo agua con las colgaderas de bejuco y los calabazos… Ya veré como me hago a una carretilla metálica”, fantaseó, una vez en el pueblo. Había pensado verse la suerte en las barajas, pero su mujer lo disuadió con el triple cuento de los pájaros preñados, la rana con pelos y la puerca que ponía huevitos de oro. “A veces hay que creer, mija”, le había dicho, pero la Señora Mayo no le dio oportunidad de explayarse en persuaciones… “Tu sabes que la suerte la lleva una pintada en la frente, y que sólo basta con que pienses una cosa de una vez, si o no, y te tocas la frente; si está caliente, puedes desistir por completo”, sentenció cual vieja maga medieval. “Y los asaltos de brujas, los pasos encantados, los silbidos misteriosos, las cumbiambas en los árboles, las posesiones diabólicas, los pactos saturninos, los filtros y oraciones de amor, los maleficios, los talismanes…”, pensaba embebido Don Rodri, cuando se despabiló y dijo a su mujer:

-¡Uf, mija! Mejor me voy a echar el agua.

  Buscó el burro que tenía sogueado al totumo, cogió las aguaderas y salió para el pozo público “El Trébol”, donde se volcaban, desde la madrugada, hombres, mujeres y niños al sagrado ritual del abastecimiento.

  Así trascurrieron muchos días para Don Rodri, hombre de medias palabras, paso firme y balanceado y cara de tuquémeves, a quien, después de todo le pareció festivo el colorido y el jolgorio de los aguateros en la loma de aquel mítico estanque, del que, desde el primer día, había oído decir:

  Todo el que de aquí ha de beber, peligra si es forastero.

  Se queda porque se queda, si bebe el agua de El Trébol.

  Después supo que el que tal había cantado era El Galvanero, ese poeta de la mañana que había convertido en arte el rítmico tintineo de los galones en su torneada balanza de guayacán, y con quien trabó más tarde una honda y duradera amistad.

  Creció la clientela, y vino la carretilla metálica. Entonces en las calles de Solosueño no se escuchaba más que el coro de la bonanza: “A mi me echa uno, a mi me llena el tanque, que si puede llevar tres, que se acuerde que van a  “vaciar la planta…” Y Don Rodri cumplía, trabajando como un buey.

  El último sábado del séptimo mes se desocupó temprano. se empaquetó pulcramente y se dirigió al salón de billares “La Gruta del Destino”. Allí se encontró con su compadre Luis –por arte y oficio llamado Mataconejo-, quien lo instó a jugar un chico y a tomarse una fría. Pero más que a jugar, se dedicaron a conversar, siendo el compadre Luis quien interrumpió una jugada decisiva para preguntarle:

    -¿Desde cuándo no va a misa, mi compa?

  -El trabajo es mi religión, compadre- respondió, confirmando su respuesta con un movimiento persistente de cabeza y un gesto de profunda convicción.

   -Usted es un esclavo- señalo Luis.

   -Soy un hombre de kilates- aclaró Don Rodri.

   Luis, hombre tranquilo y respetuoso, prefirió apartarse del tema y continuar jugando, hasta cuando el reloj público marcó las dos de la madrugada, y el propietario les pidió que entendieran que ya no eran tiempos de estarse pasando de las guardarrayas. “Ahora hay que andar como quien embalsa un arroyo por una cuerda”, les dijo al momento que cada uno salía para su casa.

    La Señora Mayo, que no había pegado el ojo, estuvo alerta a la llegada de su marido. Le abrió la puerta, le sirvió la comida y le ofreció un alkaseltzer con agua de limón. Esa madrugada, en medio del cenagal de la embriaguez, Don Rodri experimentó un leve picazón de conciencia. “¡Diez hijos!”, recordaba, mientras hacía el amor, que había exclamado el boticario, cuando fue a comprarle unos medicamentos para el último parto de su mujer. “Yo podría ayudarlo”, le dijo. “Puedo tener veinte”, ripostó él… “Los hijos son la herencia de la humanidad, la ley de la especie”, confirmó victorioso, al tiempo que el boticario le preguntó si era casado por la Santa Madre Iglesia, y él, aguerrido le contrarió:“El matrimonio es la carretilla de hueso con que la iglesia llena los estanques de su Fe, pero mi mujer y yo, todas las noches le hacemos aguaderas de bejuco ahorcavaca al amor”. “Hoy se habla de planificación, de ética marital”, se atrevió a decir el boticario, quien, convencido de que no iba a derribar esa atávica argamasa, le entregó los medicamentos. “Ya habrá parido su mujer”, le dijo.

   El lunes, como de costumbre, Don Rodri sacó la carretilla, bien de madrugada, para cumplir con los avances antes del amanecer. Pero ese día, ni las coplas del Galvanero, ni los chistes y anécdotas de Homero Solá –esa legendaria cantera de humor popular- lograron sacarlo de su recogimiento. Silencioso, pausado y firme iba por los arenales de Solosueño, todo vigor, a pesar de sus cincuenta abriles, pero con el escozor de un mal presentimiento. “¡Oh Trébol legendario! ¡Oh aguas cristalinas! ¡Laguna encantada!”, pensó, recordando la bella inspiración del ciego Adriano Salas. Y en esas iba cuando, al pasar por la Esquina Caliente, uno de los muchachos sin oficio le hizo la pregunta:

   -Ah, Don Rodri, como que van a cegar El Trébol?

   -Eso mismo oí en la Gruta del Destino- dijo con cierto dejo de nostalgia y desfallecimiento.

   -¿Y eso ?- preguntó otro de la patota.

   -Dizque para una cancha de fútbol- contestó socarronamente.

    Y en efecto, al mes de saberse la noticia desapareció por entero la aguada pública. ¡Adiós ceibas, tréboles, tarullas encantadas y rumor popular! Las máquinas Caterpiller y las motosierras dieron buena cuenta de todo. Solosueño necesitaba progreso y, para ello, había que empezar tumbando y secando los mitos. “Ya morderán y consentirán el freno cuando vean tamaña obra de ingeniería”, había dicho el Alcalde, en metáfora de doma, al grupo que se oponía al proyecto. “Solosueño requiere de grandes inversiones, y nada mejor que una Plaza de mercado de esta envergadura”, sostuvo el burgomaestre, indeclinable.

   Así lo entendió Don Rodri, y así lo expreso cuando lió los cachivaches y cargó con su arria de muchachos para el hermano país vecino, dejando atrás una densa bruma de recuerdos. Solosueño era un carnaval, una fiesta perenne, y las señas de las corralejas sonaban con pólvora a las doce meridiano, desde el veinte de julio. Eso lo sabía bien Don Rodri, y contra ello fue que se manifestó. “Quedarse es comerse a dientes con el redil, compadre”, le dijo a Luis, ya en el camión que lo transportaba, al tiempo que se reclinaba en el gastado cojín. Y en los altibajos de la vía y los resaltos del entresueño, volvió a traer a la conciencia el caballito de batalla de los consejos de su padre. “La lucha más difícil para el pobre es la de sostener su honradez”. En eso iba abstraído, y mientras trataba de dibujar su porvenir en una tierra tan llena de leyendas y épicos relatos de emigrantes, el camión llegó a la terminal… Ahí fue donde la Señora Mayo pudo comprender, al fin, toda la profundidad y el realismo del pensamiento que se había estado anidando en su mente, y que ahora se abría paso como agua de “llorado”. El único amor puro es el amor de Dios, sí. Y el único posible, sí. Porque es el único que se da unilateralmente… Se lo ama a cambio de nada, y mientras más fiel es el amor, menos se espera de El favor alguno”, pensaba, y por un momento se sintió sacrílega, pero eso era lo que la matemática elemental de su conciencia arrojaba como resultado. Tomó al niño en los brazos y se puso a contemplar la desértica llanura costanera, mientras Don Rodri se abanicaba desesperadamente con su panameño blanco, en los altibajos de la carretera Troncal.

(Amellastre)