Tan bien, tan bien trató el gobernador a sus ex colegas, que el emérito maestro dijo, elocuente y altivo, a su esposa:

    – No debe haber un sólo pórtico en toda la circunscripción, en el que falte una estatua en honor a nuestro eximio dignatario.

Tomó aire, y se echó, pleno y triunfante, en la vieja mecedora de mimbre.

    – ¡Bravo!- exclamó la recelosa pensionada, batiendo palmas, al tiempo que acotó con celebridad: ¡Sólo que lleven una mecha encendida en el follelle!

(Amellastre)