Quizás la actitud más frecuente de los amantes, frente al hecho de la separación, es la de culpabilizar al otro, negándose a aceptar el auto engaño del que pudimos ser objeto. Pues, de una u otra forma, todos intuimos lo que nos conviene o no respecto del otro-sobre todo en la fase del enamoramiento y los primeros intercambios verbales, afectivos y emocionales-, pero de momento nos olvidamos, reprimimos o desviamos la verdad objetiva, y elaboramos la feliz fantasía de que todo será color de rosa. De esta forma, acariciamos confiados el yugo que después nos hará sucumbir, pues tarde descubrimos y constatamos-para desgracia propia- que, precisamente, lo que nos ató al otro, bajo el ropaje de la pasión y el gran amor, no era otra cosa que el desprecio del que fuimos víctimas o la intención perversa con que fingimos interés sincero, pero nuestro orgullo y su gran motor-el amor propio- no nos permitió resignarnos a no ser amados y desplegamos todas las armas de conquistadores jamás derrotados.

Y es por esto que llegamos a amar-inconscientemente- el desamor: cosa que tiene mucho que ver con la dinámica del instinto y su fin que, en el caso de la separación, nos impulsa a persistir en la reconquista a como de lugar. Pero, en verdad, cuando el otro nos corresponde, ya no nos sentimos con fuerza afectiva para perdonarle y acepterle, porque no buscábamos el amor sino la satisfacción del yo. En síntesis, caemos presos en el siniestro círculo del masoquismo, o sea, en ese comportamiento inexplicable en el que la persona se complace en el auto castigo, el auto desprecio, el sentimiento de la poca valía y la indignidad; en una palabra, en el placer en el sufrimienton, el cual puede terminar, en el peor de los casos, en el suicidio por amor.

Es por esto que amamos tanto el riesgo y el peligroso juego de los amores imposibles. ¿No os dais cuenta, por ejemplo, que mientras no le damos al otro ocasión de sufrir, éste no se muestra angustiado por buscarnos? ¿No comprendéis, también, que mientras alguien no nos brinda la oportunidad de una nueva relación, no volvemos a encender el fuego de la incontrolable pasión? ¿Por qué? Porque, en estos casos, amamos más el sufrimiento-por la culpa y la recriminación de sí mismos- que el hecho de haber sido aceptados.

Otras veces, por el contrario, sólo nos complacemos, y experimentamos el máximo placer, haciendo sufrir al otro con nuestros desprecios y desplantes. O sea, adoptamos una actitud sádica, la cual se apoya en el sentimiento de venganza por no poder dar ni recibir las gratificaciones que el otro merece, ya que en una época crucial de la vida no las tuvimos de nuestros primeros objetos de amor. Y esto, por supuesto, nos hace experimentar una culpa enorme, que, en la economía del aparato psíquico, debe pagarse al precio que sea. ¿Cómo? Con el auto martirio, la auto conmiseración o el suicidio.

Ahora bien, ¿por qué se dan estos patrones de comportamiento psico- afectivos y psico-sexuales? ¿ Por qué, por ejemplo, preferimos, en algunos casos, ser perdedores a ser ganadores? ¿Por qué, muchas veces, ganando somos perdedores? Sencillamente, porque en nuestro inconsciente repetimos modelos de relación objetal derivados de las relaciones con nuestros padres, con todas las cargas de afectos hereditarios y socio culturales.

Finalmente, ¿cómo podríamos superar estos dolores de cabeza? En parte, siendo conscientes de por qué se dan y del papel que juegan en la relación de pareja -trátese del noviazgo, el matrimonio o del simple trato social de amistad; en parte, también, cuando evitamos comprometernos en relaciones peligrosas, y, sobre todo, cuando consideramos el amor como una categoría superior de la existencia, como una dimensión de la divinidad, y no como un juego carnal o un instrumento de las relaciones mercantiles entre los hombres, las cuales hacen de la relación de pareja una metáfora del poder, en la que uno domina y el otro obedece o uno gana y el otro pierde.

(Amellastre)