Parecía un sueño de pobre. Todos los científicos del mundo se reunieron por primera vez sin tener en cuenta barreras políticas, religiosas, étnicas o humorales con único propósito:  despertar del marasmo de la muerte al hombre más rico del planeta. La empresa, como es de imaginar, no fue nada fácil. Había sido necesario recurrir a una maravillosa combinación del flogisto-placebo-láser para elaborar el antídoto revitalizador.

El mundo entero, ante tan prodigiosa buena nueva, estaba convertido en un hervidero de expectantes fantasías.

Por fin, después de miles intentos fallidos en pruebas y contra-pruebas, en aplicaciones y contra-aplicaciones en aquel purgatórico hibernadero, el grupo de canosos sabios logró la resurrección de Lázaro Onassis, el magnate de oro. El sueño era en este momento una rabipelada realidad. Ahora surgía del letargo del hielo, con su cara de todo lo puedo y su horrenda silueta. el hombre que en su primera vida no tuviera deseo que le diera cacao espeso, excepto el que tenía al mundo saboreando la sal de la esperanza.

Los primeros en reaccionar fueron los médicos. Un abrazo de emoción los unió, pues en sus cábalas el problema vida- muerte  dejaría de ser la astilla meta-física de la humanidad, y en esto vislumbran una clara posibilidad para lograr la paz tantas veces regateada. Los desheredados del estómago también expresaron su borboritante entusiasmo. “Por primera vez tendremos la oportunidad de escapar realmente de esta abyecta situación haciéndonos hibernar hasta cuando corran nuevos vientos y el limo de tantas mentiras quede en el polvo del olvido”, hizo saber en un comunicado la Asociación Mundial de Barrigas.

El ultimo en participar en el alborozo fue Onassis. Asediado como estaba de tantas ocurrentes preguntas, no había tenido suficiente lucidez para dibujar el panorama de su futuro. cuando un  periodista de la AP le formuló esta pregunta, un acalambrante escozor llenó su anonadada mente y un pensamiento nefasto se posesionó de ella.

– Hubiera preferido la inercia, a tener que verle en adelante el rostro a la miseria- dijo con voz quejumbrosa.

(Amellastre)