Poesía

El invierno desata sus espadas,
penetra la tristeza hasta en las cosas
que no conocen fuego y que no ríen,
y el eco de una voz llega vacío
a compartir el lecho donde quedan
retazos de unos labios, también huecos.

Adónde están las señas de los barcos
que alegres sostuvieron las arenas,
el loco despedirse de la tarde
sin los pañuelos blancos ni las lágrimas?
Adónde la mirada sumergida
en brumas de celestes porvenires?

Los recuerdos desnudan sus miserias
y acuden presurosos a la noche,
redoblan los relojes sus angustias
como un ala que tiembla en las cenizas,
y vuelven otra vez y luego todo
parece un laberinto sin historia.

Allá en el fondo gris de los espejos
arden las cicatrices de ese rostro
que soportó los golpes y las fugas
y la estación violenta del tornado,
mientras el vino canta en esa copa
hecha para abarcar la misma muerte.

Pero queda el milagro de tus besos
y tus manos y todas las florestas
crecidas en los íntimos refugios
de tus poros, abiertos a mis labios,
el augurio de un pájaro que lleve
en su vuelo mi música extraviada.

(Ricardo Gálvez)