“¿Qué su-ce-de?”, había preguntado el viejo Caritostao que reposaba una embriaguez agridulce en su hamaca de complicada urdimbre. “Se acaba el mundo”, le contestamos, y entonces sonó el chillido de su desusada matraca y salimos armándonos de cuanto rudo artefacto encontramos a la mano, para defendernos del enorme caballo de aspas de madera embadurnada con colores extraños, que estaba varado en la playa, y cuyos atronantes relinchos embravecían las olas e invadían de impresentidos espantos, los contornos de nuestra apacible tierra. Así que nos fuimos arrimando, entre retrecheros y decididos, arrejolándonos en los árboles y lanzando qué gritos, para ver si lo corríamos, pero qué va, ahí parecía sembrado como para rato.

     -¡Incendiemos el mar!- nos dijo en claves el viejo Caritostao.

Sin preguntarle cómo, nos esparcimos arrebatados por entre el cacaotal, buscando los rimeros de leña, las hojas y cañutos secos de maíz y las palmitas de nuestras chozas, para formar la gran palizada que redujera a cenizas, el mar con sus plagas innominadas. Pero nuestros propósitos se ahogaron, pues cuando íbamos como jauría acezante, nos encontramos con las coyas que venían a participarnos las paces contraídas con el invasor desconocido. “Ese animalote lanzaba humo requemado por la cola, resoplaba silbidos de chicharra nostálgica y más bien parecía una chalupa de bonga labrada al hachón”, nos dijo Chulita. Un zagalón impresionado trabalenguó que había visto una dea que fumaba tabaco blanco dentro de esa jaula mágica y que lo sonrió dulzarrona. “Me le clavó el ojo al chibcha que irradia como el sol”, expresó la caratoña del Caritostao, señalándose el anular. Este, al final de dichos chivajeos, nos dijo:

     -!Muchachos, vístanse de malicia y acerquémonos marchando en fila guerrera!

Cuando vimos una banda de trapo que se movía en señal de amistad, nos encimamos y descubrimos la otra cara de la ahuyama que nos sostenía, pues esos animalitos de feria no podían ser de éste mundo, con sus caritas de yonofuí, sus barbas de carnero cerril y sus manos de no-sé-hacer-nada. “Buenos para tumbar bosque, ah?”, me dijo al oído Guardacaminos. Entonces el cacico se descubrió de su sombrero estrellado, hablándonos en apretado galimatías; pero por sus gesticulaciones dramáticas le adivinamos lo que querían comunicar: que venían de Spanglia a buscar loros. Yo pensé(…qué bueno que despojen las montañas de esa petulante algarabía, pero qué malo porque ellos parlan a pico chorriado y embrujan a nuestros chinos con sonsonetes, enseñándoles los misterios de las selvas…) pero todos nos quedamos lelos…¡La luna a pleno día! Parecía salida de su naranja de fuego, mirándonos compasiva, como que al fin atendió a la cantaleta de lunita dame pan, que tus hijos me cobrarán, que todas las tardes le repetían los chamacos, y vino orlada como una mujer en subasta, con taparrabo y totumas pezoneras, y con una madeja de cabellos que enredaría las esperanzas de Jesulo, el perico de las niñas.

Eva de la luz Cantimplora, fue el nombre con el que nos la presentaron, y eso corroboró la corazonada de aparición sobrenatural que nos había invadido desde el momento en que sentimos los quejidos animeros del mar revuelto. El viejo Caritostao se despojó de sus atuendos de campaña y reverenció a la dona, postrándose a sus pies y besándoselos: “Fue el ósculo más dulce y el más agrio”, diría después el Caritostao. En el instante comprendimos que nuestro deber era ofrecer a los enviados el venado de cuernos retorcidos, la mandioca de raíces zipotudas, la mejor aroma frutal y la chicha más humeante, para que nos protegieran de las canículas, que ponen la tierra como chicharrón de rayo.

                                                                       

Al caer el día, el viejo Caritostao rompió una olleta ciega que se desgranó en fantasías doradas e hizo que la embajada se apiñara como rapiña con carroña, disputándose los filetes de oro tallado que se perdían en la arena. Ya la dómina no parecía tan cercada de misterio y caminaba sin retozos, semejante a una potra recién amansada. Su jefe estaba menos timorato y no cesaba de preguntar dónde conseguíamos ese barro tan extaño. Mientras tanto, nuestros retoños formaban las hornillas y nosotros afinábamos las flautas de millo, los pitos de papayote y las hojas de matarratón, para abrir la cumbiamba.

     -¡Vamos a soñar luceros!- invitó la maja Cantimplora.

Cuando los gallos cantaron por primera vez en la noche, ya nos habíamos secado las calabazas de potaje. Entonces la damita, que humeaba de la rasca, destapó unas botijas de menjurje caliente- que sabía a caldo de sapo-, y nos sonsacó a bailar los ojos en torno a sus hechiceros movimientos de músculos, caderas y hombros. Pero la bestia de la pasión se desbocó y al unísono nos lanzamos a la rueda cumbiambera, y ora yo, ora el Caritostao o bien Guardacaminos, la apretábamos, la pelliscábamos y la zarandeábamos como perros a su rendida res. Ella no hacía sino irse en risas e insinuársenos en una forma, que nos hizo pensar que se trataba de una artimaña suya, para que sus compañeros fisguearan los guacales y se guardaran las piedras amarillas que ponían nuestras guarumeras cuando tomaban el agua llorada. Así que nos desembarazamos de nuestros alborozos, dirigiéndonos a donde creíamos que dormían su borrachera esos pelafustanes de carabela, y encontramos que estaban más alentados que todos nosotros juntos, que discutían entusiasmados y que en hojas de cactus habían grabado un zarzal de garabatos, dizque “para poner a nustra Majestad a rumbiar en la ambición”, nos dijeron.

“Mordieron el anzuelo”, pensé que les diría la Cantimplora a sus cabroncillos, y habría explosión de risa. “Las guacas se revientan solas”, terciaba, seguramente, el rumbero invitando a otro trago. Cada uno de nosotros, a su vez, trataba de comunicar su nuevo estado de ánimos. Chulita dijo que había oído en el canto del gallo el anuncio de una peste de escasez, en la que para sobrevivir habría que aguantar más hambre que el retrato de Simón Bochica y dormir parados como espantapájaros. La mija del Caritostao comentó azorada que durante la noche soñó varias veces que éste estaba fragmentado en partes desiguales, una que caminaba sonriente por un bosque de frutas desconocidas y la otra que estilaba tristeza y miraba indiferente los sembrados enmalezados y enrarecidos del huerto.

     – ¡Fue el ósculo más dulce y el más agrio!- dijo con amargura el Caritostao.

(Amellastre)