¿Te acuerdas que íbamos nadando las mismas aguas,
dispuestos, ambos, a cruzarnos la inmensidad?
Yo iba adelante,
con la mirada clavada en la otra orilla.
Se veían las aguas tranquilas,
y las tarullas, con sus flores rosas y lilas
coronadas de flautas,
dibujaban un cuadro de onírico trasfondo.
No había temor alguno. ¿Recuerdas?
Pues la única profundidad
era nuestra ilusión del más allá.
Y el único peligro,
la certeza del deseo.
Así íbamos por el brazo cristalino
de aquel sueño, manga de esperanza.
Y tú, queriéndote adelantar,
por llegar la primera. ¿Te acuerdas?
Mas de pronto, me asaltó la duda.
presentí la imposibilidad de llegar,
como si las aguas se hubieran imantado,
condenándonos a permanecer ahí,
cercanos y distantes,
en el mismo piélago azul oscuro,
pero a salvo del gran misterio.
Tú me alentabas. ¡Recuerdas?
Pero ya estaba afuera, en el espeso fango,
luchando por alzar la cabeza…
Y tu padre, ahí.
La luna reverberaba.
Y el silencio hacía pensar en algo sacro.
¿Acaso el amor? ¿Acaso la muerte?
¡Oh misterio de las almas!
En esas estaba, cuando te vi salir
con tu larga cola de estatuas.
¿Era el deseo de tu padre?
¿Era el signo de mi destierro?
“¡Dos azares!¡Dos frustrados sueños!”, pensé.
Pero llegó el canto de la aurora
y la duda voló del nido,
pues te vi ahí tendida,
¡mansa, total, llena de aromas,
de insinuaciones y retos!¿Te acuerdas?

(Amellastre)