A ti, hijo, amigo, amante, alumno, profesor, enamorado, esposo(a), escritor o intelectual, pasajero solitario de obligado viaje; aturdido caminante de incierto camino; ser domesticado a fuerza de consejos; bípedo de dobles entendederas; hablante de cuatro palabras; mono de amaestrada dialéctica; discípulo de oscura filosofía, y, en fin, sabio de docta ignorancia:

Supongo que como miembro de la bella especie darwineana, también tú, recónditamente, has experimentado, con angustia e impotencia, el fastidio y la duda con tanta humana verdad, tanta lógica y tanta razón…

Por eso, al igual que el insigne Caballero de la Triste Figura, te invito a que recorras un momento por los “peligrosos” fueros de la “sinrazón”, pues como decía nuestro personaje de marras, “hay razones de la sinrazón que a mí razón parecen”. Y, en realidad, no queremos promover un nuevo credo, ni una nueva locura.(Recordemos que en las “sociedades de discursos” la locura siempre ha sido un mito, o mejor, un recurso legal contra la ilegalidad, es decir, contra todo lo que traspasa los “límites”).

Sencillamente, queremos, por un momento, sacudirnos el polvo de la memoria amalgamada con la “domesticada realidad oficial” y repensar nuestro cotidiano contacto con el mundo y la manera como estamos llevando la vida, un tanto al albur de las olas, sin reconocer siquiera – con Jorge Manrique- que “este mundo es el camino/ para el otro que es morada/ sin pesar/, mas cumple tener buen tino/ para andar esta jornada/ sin errar”.

Para empezar, por ejemplo, podríamos ensayar los principios de un sano evangelio, así:

                  No existas, vive!

                  No afirmes, debate!

                  No culpes, comprende!

                  No repitas, crea!

                  No aceptes, piensa!

                  No enseñes, aprende!

Esto, frente a unos patrones socio-culturales chatos y promovidos desde arriba, a través de los medios de comunicación, y frente a un sistema educativo que insufla la malsana ideología de los mezquinos intereses de clase, por medio de decretos y leyes inconsistentes, creo que sería una medida más que saludable. Sobre todo, si nos decidimos a no dejar que otros vivan la vida por o a través de  nosotros, siendo simples espectadores o pasivos receptores, tanto del mundanal ruido, como de los grandes acontecimientos de la historia y de la vida misma.

Por ello, amigo, te invito: ¡decídete a ser! Atrévete a incursionar en el misterio de lo simbólico y lo imaginario: Esto e, en el mundo del sentido cultural y de la dimensión espiritual del ser humano. La lectura y la escritura son un buen terreno. También lo son la experiencia pedagógica bien concebida y la experiencia artística y poética. ¡Inténtalo!

(Amellastre)