El primer censo o la Perestroica en el cielo

Rajá-Jahveh estaba sentado en su mítica poltrona airborne quemando su enésimo cigarro. Al igual que el humo, su pensamiento fluía en ilusorias espirales. La mariposa de su frente transpiraba profusamente. A veces pestañeaba en busca de evasión, pero la magnitud de la empresa le desorbitaba el sueño. “¡Qué descalabro con las matemáticas!”, se recriminó por primera vez en su infinita sapiencia, cuando una voz le dijo:

    -¡Viene la tromba!

Instintivamente, con la triple paciencia de sus atributos, se incorporó para presenciar absorto la marcha manifestante de las pocas almas pechipeludas de la historia, que a peso de repetidas luchas habían logrado fugarse del infierno para protestar contra el despotismo ilustrado y el detenimiento del curso natural de la historia. Ahora alzaban sus estandartes y gritaban abajos y vivas acompasadamente. Rajá-Jahveh se sintió profundamente desconcertado. “Una manifestación en el cielo”, pensaba, como profetizando el final de su mítica dictadura. Sin embargo, escudado en la serenidad de quien ha gobernado por milenios a un pueblo casto, hizo señas con las manos de que hicieran silencio. La turba calló y Rajá-Jahveh hizo uso de la palabra.

    -Queridos hijos-, empezó sin mucha convicción. Precisamente antes de ustedes llegar estaba haciendo el censo de las necesidades primordiales de los que en el infierno esperan la redención eterna. Juro, por mi divina investidura, que habrá este año más garantías y mejores prestaciones para todos. También les confieso que pienso crear la Asociación de Indultos Especiales, para aquellos que demuestren amor y servicio por la causa de la providencia. “¡Abajo la represión!”, gritó una voz. Rajá-Jahveh vaciló un momento, pero se llenó de valor y continuó: En cuanto a la participación de ustedes en la política gurbernamental les comento que tengo en mente un proyecto de apertura democrática. De ahora en adelante serán ustedes quienes decidan en manos de quién van a confiar vuestros destinos. Será una especie de democracia celestial, agregó. “¡Abajo las reformas de papel!”, interrumpió una voz. Rajá-Jahveh sintió una corriente fría que heló sus huesos, pero sabía que no debía mostrar flaqueza alguna. No se trata de seguir el curso natural de la historia, dijo, dando un astuto golpe a los manifestantes. Mi mandato-continuó-está abierto a las nuevas corrientes del pensamiento universal. Por eso, se equivocan quienes aseguran que mi reino es ajeno a la dialéctica. “¡No queremos más cadenas!”, gritó otra voz. Rajá-Jahveh flaqueó en sus convicciones, pero sacó a relucir su pericia en amansar a los rebeldes. ¿Quién los quiere más?, preguntó: ¿Aquel que les promete el premio a cambio del endeudamiento de vuestras almas, o quien como yo, prometo la salvación de vuestras almas a cambio de la obediencia y la mansa servidumbre? Hubo un silencio profundo. La brisa revoloteó con sus leves alas en el jardín celestial. Los manifestantes no parecían tener contra-argumentos. También Rajá.Jahveh daba la impresión de no tener más aire. “¡Queremos más garantías!”, gritó desde atrás un coro de voces. Rajá-Jahveh ahora parecía más aplomado.Con tono manso y dulce contestó: Prometo, como dije al principio, que este año habrá muchas oportunidades para quienes demuestren acatamiento a los mandatos divinos, dijo, y a la vez hubo una salva de aplauso. Los manifestantes se fueron dispersando uno a uno, ante la mirada petrificada del Jefe.

Rajá-Javeh etaba exhausto. Cuando salió el último manifestante, se dirigió a su mítica poltrona y se echó a meditar. “Es la primera insurrección en 20 siglos”, pensó, y se fue quedando dormido…

(Amellastre)