En este ensayo nos proponemos comprobar de qué manera se da en el texto de Maupassant el doble nivel del lenguaje, a saber, el lenguaje consciente o del sentido y el lenguaje inconsciente o del sinsentido. Para tal fin, hemos seguido – como en la transferencia psicoanalítica – las manifestaciones, verbalizaciones y percepciones del personaje.

La primera característica importante que encontramos en la conducta de este personaje es la facilidad con que en él se operan los cambios anímicos, o sea, su condición depresiva, que hace que su vida psíquica sea un continuo ir y venir de situaciones contrapuestas. Así, por ejemplo, en la primera anotación de su diario se nos manifiesta como una persona sana, que percibe los espacios y el tiempo perfectamente, y cuyo contacto con las cosas es adecuado; pero enseguida nos muestra la otra faz de su personalidad, pues según él hay poderes incognoscibles o invisibles que actúan en su comportamiento, sumiéndolo todo en la incomprensión y sembrándole la duda respecto a la efectividad de sus sentidos. Observemos este cambio:

“ Qué día tan espléndido!… Me gusta la mansión
Donde he crecido. Desde mis ventanas, veo correr
el Sena a lo largo de mi jardín…”
“¡Qué profundo es este misterio de lo inviable!
No lo podemos sondear con nuestros miserables
sentidos…”

Ahora bien, en esta conducta del personaje se va dando una progresión en cuanto a la acentuación del carácter patológico del síntoma. Vemos que lo que al principio se sentía como una simple incomprensión ante ciertos cambios de ánimo, se traduce luego como el temor de un peligro inminente. No cabe duda de que dicho peligro es la muerte, idea que aparece disfrazada, o expresada simbólicamente, mediante las alusiones a la noche y al sueño. El sueño es el lenguaje del inconsciente, lenguaje arcaico, reprimido, que busca aflorar a la conciencia, pero debido a la censura operada por ésta no encuentra otra manera de surgir que en la forma de imágenes ilógicas, incoherentes, fantasmagóricas. Por esto es que el personaje manifiesta que espera la noche como quien espera al verdugo, para ser aniquilado. En nuestro personaje la fuerza del deseo es tal, que surge en pesadillas:

“Noto perfectamente que estoy acostado y que duermo…
lo noto y lo sé… y noto también que alguien se acerca
a mí, me mira, me palpa, se sube a mi cama, se arrodilla
sobre mi pecho, coge mi cuello entre sus manos y aprieta
… aprieta… con todas sus fuerzas para estrangularme.
…Esta noche, he notado a alguien agazapado sobre mí
y con la boca pegada a la mía, se me bebía la vida con
sus labios. Sí, la sorbía de mi garganta, como hubiera
hecho una sanguijuela…”

Este lenguaje delirante, fantasmático, sin duda está reactualizando temores primitivos, originados en el “horror de la castración”, que toda persona normal ha superado. Esta situación se halla latente en el personaje, y aparece expresada – veladamente – primero, en el miedo que experimenta al sentirse solo en el bosque, y luego, en las figuras que su fantasía forja contemplando la catedral gótica ( quimeras, diablos, animales fantásticos y monstruosas flores).

“… Seguí un ancho camino de cazadores, después tomé
Hacia La Bouille, por una estrecha avenida, entre dos
Ejércitos de árboles desmesuradamente altos que ponía
un techo verde, espeso, casi negro, entre el cielo y yo…
Apresuré el paso, inquieto de hallarme solo en aquel
bosque…”

Las imágenes de este pasaje definen, más o menos, la situación del personaje. Ese sentirse en medio de dos ejércitos de árboles que oscurecen el ámbito, hasta el punto de establecer una barrera entre el personaje y el cielo, y luego, esa inquietud al sentirse solo en el bosque, parecen revelar su naturaleza psicológica. Es como si se sintiera atrapado en medio de algo ( ¿ escena primaria?) o como si participara a la vez de una doble catadura psicológica. En confirmación de esto, es preciso mencionar la leyenda que lo impresionó, la cual se refiere a un pastor que conduce un macho cabrío con cabeza de hombre y a una cabra con cabeza de mujer, y que se pelean en “ una lengua desconocida”( reprimida u olvidada, diríamos nosotros ):

“…Los pescadores rezagados juran haber encontrado,
merodeando por las dunas entre dos mareas , en torno al
pueblecito tan apartado del mundo, a un viejo pastor cuya
cabeza tapada por la capa nunca se ve, y que conduce, mar-
chando entre ellos un macho cabrío con rostro de hombre
y una cabra con rostro de mujer, ambos con
largos cabellos blancos y que hablan sin cesar,
peleándose en una lengua desconocida, y después
dejando de pronto de chillar para balar con todas
sus fuerzas “.

En este caso, el inconsciente ha utilizado el pensamiento mítico para revelarse. No es ilógico afirmar, entonces, que lo que se ha producido en el psiquismo de nuestro personaje es una regresión a uno de los primeros estadios del desarrollo humano. En consecuencia, la batalla que su conciencia tendrá que sostener contra la fuerza de sus impulsos es apenas imaginable, pues mientras por un lado su yo trata de someter los pensamientos al principio de la realidad, por el otro están los instintos que buscan gratificación en nombre del principio del placer. En esta lucha declarada lo que está en juego es la integridad del sujeto, que se halla amenazada de muerte, y para evitar lo cual no tiene otra alternativa que recurrir a sus mecanismos de defensa, llevándolo a preguntarse – en uno de esos momentos en que la tensión psíquica es insoportable – si acaso no ha perdido la razón. En este momento le ocurre algo extraño, a saber, que se levanta a tomar del agua que ha dejado en la botella y no la encuentra; entonces lo asalta la idea de que alguien se la tomó, pero ese alguien no pudo ser otro que él mismo, sin tener conciencia de ello. Es como si en él convivieran dos personas a la vez, dos seres, uno visible y otro invisible. En este sentido, el discurso del personaje será unas veces discurso sobre el yo, y otras veces, discurso sobre el yo-otro. (Recordemos lo que dice Lacan respecto a que el deseo del hombre es el deseo del otro). En el caso de nuestro personaje el otro tiende a imponerse:

“… ¿ Con que había bebido el agua? ¿Quién? ¿Yo?
¡Yo sin duda! ¡Sólo podía ser yo! Entonces yo era
sonámbulo, vivía sin saberlo, esa doble vida misteriosa
que hace dudar si hay dos seres en nosotros, o si un ser
extraño, incognoscible e invisible, anima, a veces cuando
nuestra alma está embotada, nuestro cuerpo cautivo que
obedece a ese otro, como a nosotros mismos, más que a
nosotros mismos”.

Vemos que lo que más preocupa al personaje es saber si ese otro está en él mismo, o si por el contrario, es una fuerza exterior. De todos modos, su situación es angustiosa, pues la idea de la locura lo sigue martillando, y luego que hace una prueba de contacto con la realidad, se marcha atormentado a París. Una vez allí tiene una mejoría, llegando a la conclusión de que todo su malestar se había debido a la reclusión en la soledad. Otro beneficio de su estadía en París es que se entera de los métodos terapéuticos por hipnotismo y sugestión, con los cuales asocia esos incognoscibles e invisibles poderes que actúan en él. Durante todo ese tiempo el personaje maneja un discurso lógico, y su percepción y su estado de ánimo son perfectos. Pero pocos días después de su retorno a casa tiene una recaída que parece indicar un avance en su patogénesis, pues su percepción y, por ende su palabra, se han alucinado:

“…Ví, ví con toda claridad, muy cerca de mí, doblarse
el tallo de una de esas rosas, como si una mano invisible
lo hubiera retorcido, y después romperse, ¡como si la mano
lo hubiera cogido! Después la flor se elevó siguiendo la curva
que habría descrito un brazo llevándolo en el aire transparente,
sola, inmóvil, tremenda mancha roja a tres pasos de mis ojos”.

Aquí nuevamente el significante se ha desplazado debido la fuerza del deseo inconsciente, y ha logrado manifestarse a la conciencia en forma de una ilusión óptica, lo cual hace que el personaje sienta otra vez duda de si ha perdido la razón:

“… Me han entrado dudas sobre mi razón y no dudas
vagas como las que tenía hasta ahora; he visto locos;
he conocido algunos que sed guían siendo inteligentes,
lúcidos, hasta clarividentes sobre las cosas de la vida,
salvo un punto. Hablaban de todo con claridad, con
agilidad, con hondura, y de pronto pensamiento, al tocar
el escollo de su locura se fragmentaba en pedazos, se
diseminaba y se hundía en ese océano horrible y furioso,
lleno de ola saltarina, de nieblas, de borrascas, que se
denomina demencia”

No cabe duda de que este personaje está afrontando su situación conscientemente. En este pasaje, por ejemplo, notamos su afán por demostrarse a sí mismo – con un poco de culpabilidad, desde luego – de que puede estar loco, pero enseguida reacciona, para defender su integridad, justificando teóricamente que su comportamiento, a lo sumo, podría calificarse de “alucinado razonante”, y saca a relucir en su ayuda el argumento de que esos fenómenos ocurren igualmente en el sueño, en el que pueden darse las más inverosímiles fantasmagorías, sin que por ello tengamos que sorprendernos… Pero todo eso es en balde, pues esa fuerza oculta, que ha penetrado en su interior, lo embota, lo detiene y le impide actuar; en una palabra, lo ha alienado. Esto hace que ya el personaje no se perciba como totalidad, sino como algo roto, quebrado, disociado. “Mediante el concepto de disociado defino la destrucción de la imagen del cuerpo, destrucción que hace que las partes pierdan su ligazón con el todo para reaparecer en el mundo externo. La esquizofrenia se caracteriza por esta ausencia de ligazón entre el adentro y el afuera, no hay cadenas asociativas que permitan recuperar el vínculo existente entre los restos de esos mundos destruidos”. (Pankow. EL HOMBRE Y SUS PSICOSIS. Amorrotu Editores).

A pesar de todo, aunque el personaje tenga la sensación de que el mundo se va a acabar, se aferra al sentimiento de seguir existiendo, y por eso tiene la esperanza de que alguien, un SER NUEVO, venga a salvarlo. El sabe que ya hubo hombres que lo presintieron y que lo llamaron magnetismo, hipnotismo y sugestión. El nuevo ser que él espera es el Horla. El será el rey del mundo. El lo salvará. En esta delirante obsesión llega a pensar que todas esas locuras son producidas por el Horla y entonces decide matarlo. ¿Cómo se produce la quiebra de la locura? “En primer lugar, la imagen del otro reemplaza la imagen del sujeto, luego aquella pasa a ser una realidad extraña. En esta búsqueda desesperada de otro, convertida en realidad especular, el enfermo se precipita en el espejo..El espejo se muestra como un vinculo que une el mundo externo con el interno”. (Pankow, op. cit.). En el caso de nuestro personaje podemos hablar más bien de obnubilación especular, pues él, al acercarse al espejo, lo que encuentra es un profundo vacío – su propio vacío proyectado en el espejo – , el cual atribuye al otro que ha devorado su reflejo:

“…Se veía como en pleno día, ¡y no me ví en mi espejo!..
¡Estaba vacío, claro, profundo, pleno de luz! Mi imagen
ni aparecía en él…¡y yo estaba en frente! Veía el gran
cristal límpido de arriba abajo…él … había devorado
mi reflejo”.

“El espejo, sabemos, lo que hace es confrontarnos con nuestra propia corporeidad, captada desde fuera. Reconocer nuestra propia imagen es un acto de libertad que supone percibirnos somáticamente y aceptarnos” (op. cit.). Condiciones éstas que están veladas para dicho personaje, ya que su esquema corporal se halla poseído. A él no le funciona la dialéctica de la forma y el contenido. Sin embargo, en los vaivenes del delirio su posición esquizoide cede por momentos a la cordura, y entonces empieza a deslumbrar su imagen en la bruma del espejo como surgiendo a través de una capa de agua, opaca, transparente, hasta perfilarse completamente:

“…De repente empecé a distinguirme entre una bruma,
al fondo del espejo entre una bruma como a través de
una capa de agua… Era como el final de un eclipse.
lo que me ocultaba no parecía poseer contornos
netamente definidos, sino una especie de transparencias
opacas, que se aclaraban poco a poco… por fin pude
distinguirme por completo”.

En este momento el enfermo declara que ha visto al otro – al otro que habita bajo su mismo techo, en él, para ser más exactos – y se impone la tarea de matarlo. Lo espera, entonces, en su habitación, y cuando piensa que “él ” ha entrado, le prende fuego y se va para el jardín a contemplar su muerte. Pero lo que presencia aterrado es la quema, la destrucción y la ruina de su propia casa. En esta escena lo que observamos no es otra cosa que un desplazamiento como última defensa del sujeto, pues al final el personaje, sintiéndose impotente para vencer a su “enemigo secreto”, llega a la conclusión de que entonces tendrá que matarse él, ya que, inconscientemente, matándose él cree darle muerte a ese ser invisible que lo habita. Este es, en síntesis, el drama del esquizofrénico. Ahora si, creemos que se comprenderá mejor el sentido de los sueños que veíamos al principio, pues el temor surgía para contrarrestar la fuerza del deseo que no podía satisfacerse por displacentero y doloroso.

Para terminar, vamos explicar un poco respecto a lo de sentido y sin-sentido. Al principio identificábamos el lenguaje del sentido como lo consciente y el lenguaje del sin-sentido como lo inconsciente, pero esta equivalencia sólo es posible después de comprender claramente la dialéctica del funcionamiento psíquico y del deseo. Recordemos que Freud nos hablaba de que lo inconsciente es lo consciente (Wo es War). Según este esquema, en el discurso, en último término, el contenido latente vendría siendo el sentido y el contenido manifiesto la letra o el signo lingüístico. ¿Cómo se resuelve esta paradoja del sentido y sin-sentido? Oigamos lo que se nos dice en “El deseo y su interpretación”, de Lacan: “Ningún sentido (Pas de sens), es decir, la verdad desnuda. El lugar donde brota la desnudez verídica en el vacío del pozo significante. Y “Ningún sentido”, por sus posibilidades de ser llenado, abre “todos los sentidos” convocados y propuestos por el desarrollo del discurso”. Por esta razón, el mismo Lacan dice que no hay otro sentido que el metafórico, pues todo sentido surge de la situación de un significante por otro significante en la cadena simbólica. Y, es esto, lo que parece apreciarse en nuestro personaje, pues en su lucha contra su conciencia alienada- por la enfermedad o por fuerzas sobrenaturales – siente que el límite de cordura-locura, vida-muerte, se desvanece y, en consecuencia, las producciones verbales de su mente son opacas e inconsistentes; resultan, en síntesis, como la manifestación de esa “ lengua olvidada”, o mejor, reprimida, que lo impresionó al conocer la leyenda.

Hasta aquí, pues, este modesto intento de incursionar en el intrincado terreno del psicoanális del arte. Esperamos, entonces. Que el lector se anime a leer este cuento – El Horla- y descubra, también, las significaciones latentes de esta pequeña joya de la literatura francesa. Aclaro, sin embargo, que este acercamiento que he realizado aquí no es el único, tratándose de una obra de arte, en la que se pueden encontrar múltiples alusiones al complejo mundo de lo humano, pero considero, sí, que los temas y nódulos del análisis psicoanalítico se han tocado, de una u otra forma.

(Amellastre)