Presentar un libro de poemas sería, sencilla y llanamente, decir:

Con deliquios de obsedida pasión te concebí; con esfuerzo y sacrificio te gesté,  y  con gritos de alegría te di a luz.

¡Ábrete, pues, paso a la vida! Toma las secretas armas que te di, ¡y defiéndete!

Háblale al mundo con voz de arcano, y que comience la canción… Que se rompan las cuerdas, que se quiebre el compás,  y que  loco el cosmos, te asigne tu lugar!

Hoy, sin embargo, el acuerdo social, la amistad y el compromiso artístico me han colocado en la posición de pontífice del valor para presentar la obra “De las cosas y tú”, de la poetisa Alma Rosa Terán Tirado. Y acepté este reto porque  era algo que en mi ser interior había esperado, pues desde el momento en que traté con Alma Rosa, intuí y supe que en ella tenía la poesía su habitación oculta.

Pues bien, señores, luego de releer los textos que integran el libro, de desmontar su sustancia poética y de sopesar sus múltiples sentidos, voy a decirles las impresiones de mi acto lector.

Veo, en primer lugar, un desbordamiento de imágenes, ante las cuales el entendimiento queda atontado, sin posibilidades de someterlas a la cuantificación intelectiva.

Asistimos, además, a una fiesta de las palabras que sobrepasan el mero juego semiótico, y trascienden la literalidad del significante, para abrir nuevos espacios a la ensoñación lírica.

Se percibe, también, un halo metafísico que aletea como efímeras mariposas en todo el poemario, dibujando unas veces; posando, otras; escapando, siempre a la plasmación realística o directa, y dejando la magia de la sugestión a los sentimientos, el guiño cómplice a la fe y la palmada certera a la razón.

Encuentro, por demás, en estos textos, el misterio cósmico de la totalidad, muy propio de la apropiación estética de la realidad, en la que el significado se diluye, porque aquí funciona la dialéctica de todo: nada, por la energía creadora que los alienta como un hálito divino.

Y no es otra cosa que la denudación de un alma tierna, delicada y sublime. Un alma que se debate entre la efímera realidad codificada y el peso de los recuerdos que se escurren, y en los que se esconde la perdida inocencia y la felicidad de la infancia. Porque a la poesía como a la casa vieja la sostienen los recuerdos, y también, los sueños, con su doble dimensión de triunfo o fracaso, en el viaje metafísico del alma, en el que se juega todo: el vacío o la esencia, la letra o el sentido, como en el poema “Despierta”:

Alma, despierta

me dijo una voz de otro lado

con otras palabras.

Tenemos, asimismo, en los poemas una propuesta erótica que supera la lógica de lo sensual, y trasciende a un nivel de sacralidad y pureza, como un intento de capturar- desde la intuición poética- la esencia del otro, no como algo exterior y diferente, sino como parte de la mismidad, a través de un juego que devuelve al acto erótico su esencia creadora, en la que, más que contacto, es comunión, como en el poema “Escribiré en tu cuerpo”:

De todos los poemas

amo los que no tienen palabras.

Y termina: Amo los que pueda escribir en tu cuerpo.

También el poema “Presunción” nos expresa:

Quisiera deshacer tus soledades

entrando en el lugar de tus sentidos

disparatando tus emociones…

inventando un juego, robándote un beso…

Y sólo así se podrá develar el misterio de los cuerpos y el enigmático vacío que los habita, ante el cual la poesía se arriesga. Veamos:

Te presentí, te intuí,

Soñé tu cuerpo en la sombra

¡Rayo de luna!

Ahora bien, la armonía sólo se logrará cuando entendamos que no existe – como en el comercio carnal – hombre o mujer, sino ser humano, tal como lo hizo el Creador: uno: dos: dos: uno, o sea, carne de la carne y sangre de la sangre. Leemos en el poema “Instante”:

Y en tus ojos

Busco infructuosamente

Algo que no existe

Pero que un día sólo a ti

Y a mi nos perteneció.

Otro eje semántico de este trabajo poético lo constituye el hecho creador en sí. Aquí encontramos que la poesía siempre abre un paréntesis entre la realidad y el deseo, entre los sentidos y la emoción, entre las cosas y el yo.  Y, éste es el lugar de la vida. Lugar que yo llamé “más allá del límite”, y que Alma Rosa nombra como “vacío ineludible”. Este es el lugar de la ensoñación, de la ilusión realizadora de los deseos, apenas alcanzables por la poesía, como en el texto éste:

Tímidamente

por las rosas que sueño

pasan tus labios.

A la vez, la creación poética se convierte en un acto revolucionario de liberación, pues contra  el orden establecido, contra la realidad demostrada, se alza el orden del corazón, con humildad y firmeza: Así, en el poema “Vivo” leemos:

No me hables de horas, ni de leyes, ni de cifras

porque las he olvidado para sentir que vivo

He abierto un horizonte entre mil sueños rotos

he secado mis lágrimas con las hojas de otoño

 Y estoy aquí sentada con los pies descalzos.

La poesía, también, es un juego dialéctico entre las palabras y las cosas. Una nueva manera de nombrarlas. Un salto sobre el abismo para descubrir la esencia. Así, en el poema “Sed”, leemos:

Me aferro a la palabra

como el niño a la madre

y de cada gota

mana la vida.

Y en el texto “Abismo”, nos dice:

Como cae al vacío la hoja seca

mi alma se aproxima

no sé a dónde.

Sólo cae, cae lentamente

hacia algo innominado.

O sea, el lugar del acto creador, pues darle nombre a las cosas es traerlas a la vida, como en el poemita “Súplica”:

Una sola palabra

¡levántame!

No hay vida en el barro.

Finalmente, encuentro y resalto en este poemario un pensamiento poético sólido, en el que se aprecia un equilibrio entre los tres núcleos estilísticos básicos, a saber: lo sensorial, lo emocional y lo conceptual. Por lo cual, sabiendo lo que pesa un verso, puedo decir que este trabajo poético de Alma Rosa ya tiene un sitial de honor en el parnaso colombiano. Enhorabuena, Alma!

(Amellastre)