Esa noche, como una visión onírica, vi de pronto que la luna penetró fosforescente la habitación. Tras el tenue manto del sueño, todo parecía resplandecer. Una sensación de incomodidad luchaba contra la conciliación, cuando escuché la voz desesperada de mi hermana mayor: “¡Levántate, que se está quemando la casa!”. Entonces aprecié con sobresalto, alentadas y voraces, las llamas que ya casi cumplían su cometido desde el cuarto materno, pues las dos casas traseras, donde siempre acostumbrábamos dormir los varones, habían pagado su tributo al fuego, y ahora la casa grande, el manso regazo de toda infancia, ardía sin recusación alguna. Aturdido y semidesnudo- lo recuerdo como el día-, salí hacia la casa vecina del frente. Y miré la calle nadando en el bullicio de los gritos y la confusión total; vi también cómo a duras penas, el pueblo generoso de entonces, lograba salvar algunos objetos domésticos, batallando contra las violentas huracanadas del crepitante fuego. Yo pensaba en mis cuadernos, en el uniforme de misa y en la perrita chapola que me había regalado mi padrino Aurelio. Y pensaba también en la ausencia de mi padre, quien esa tarde se había ido para el monte. ¿Cuánta angustia? ¿Cuántos pensamientos acudieron a mi mente infantil?, es cosa que nunca podré definir, pero sí sé con certeza que algo grande y misterioso se clavó en mi entrecejo. Pero no tuve tiempo de sopesar nada entonces, porque me distraía el espectáculo de las mujeres en combinación, de las niñas desnudas y de los hombres en largos calzoncillos que corrían en loco frenesí. “¡Se me quemaron los pájaros, no joda!”, me dijo Abel, siempre pendiente de sus animales, y yo recuerdo que le dije: “Se quemó mi cartilla Coquito, y el Sembrador Colombiano”. Y así, en ese nefasto balance, íbamos por la callejuela de “La boca del diablo”, defendiéndonos del miedo y del frío, hacia la casa del tío Ciro. Allí pasamos la noche, aunque yo no la pasé: La sufrí a lo claro, esperando el amanecer y la llegada de mi padre. Recuerdo bien que a los primeros albores fui con Aura a contemplar las ruinas de mis incipientes sueños. ¡Sólo cenizas! Por mucho que mi ilusión se empeñara en encontrar el trompo zumbón de totumo, las bolitas de cristal o el gallito de cera, nada surgía a la vista. ¡Escombros!

 Después, todo se convirtió en una mancha borrosa, cuando no hubo más remedio que de nuevo voltear la cola para el campo. ¡Adiós escuela, amigos y todo!

 Ahora me pregunto: ¿por qué hoy, 30 años después, he experimentado este deseo de recordar ese fragmento de historia olvidada? No sé, pero mientras trataba de conciliar el sueño anoche, como una ráfaga de luz, pasó por mi mente la imagen de aquel hombre subido al caballete de la casa del lado, mojando la ya rociada palma. Y por mucho que nuestro padre nos dijera que una pitonisa le había mostrado el rostro del culpable en una poncherada de agua, y que no coincidía con el que se suponía, yo sigo con mi mente puesta en el resplandor de la luna, y continúo con la ida del otro incendio…

(Amellastre)