¿Has oído, mamá? Alguien corre allá fuera y los perros ladran asustados, dementes. La lluvia persiste y se puede sentir el peso de las botas cuando rompen los charcos. Suenan oscuras, siniestras y anunciando más muerte en ese río al otro lado de la calle, muy cerca del puente. ¿Has oído?

Roes. Te deslizas, violento, gusano de sangre y de sombras, manchado de pólvora y de fósforo. Roes y miles de gritos y rostros, que ya no son rostros, asoman entonces para sembrar su imperio convulso de tiros en las sienes. Como señas de cigarros, como losas en salas donde se practican autopsias. Mientras en otra casa, en otro lado de la noche, un rostro se desangra y acumula el dolor de toda una vida, sin saber que aún le queda muchísimo dolor por delante.

La noche, sí. Tremenda. Tiene sabor metálico y el puf que sale de un cuerpo abatido al ser pateado en la carrera. ¿Lo has oído? ¿Has oído el grito de un padre pidiéndole a Dios argumentos? ¿Has visto a una madre odiar tanto y pensar en venganzas? Hay caminos nocturnos que conservan la magia de estar siempre silentes y besados por un claro de luna, mientras en sus bordes se derrama un aroma a flores y a verde. Y un día apareces tú para sembrarlos de injurias, lamentos y huesos. Te pierdes en la maraña de arbustos y te muerdes los labios, mientras el frío se hospeda en tus manos. Estás ahí en las veredas pobladas de mitos. Estás ahí en el sitio preciso donde te ladrará el odio, y entonces no tenemos salida.

Cuántas veces oíste
ese rumor de alas
sobre un pueblo espantado,
mientras todo cambiaba en un grito de sangre;
moriste tantas veces que ya cuesta creerte
cuando dices que miras
a esa niña sangrada entre las hojas.

Cuando las sombras dejen que se abreve tu pecho,
si es que pasa,
deberás acercarte con todas las heridas
hasta el centro del llanto,
y desde tus delirios de metralla
y futuros de pólvora
ofrecerte a los rostros que habitan tu presente.

Cuántas veces rompiste los silencios
para fundir silencios y terrores
con lágrimas de madres;
cuántas veces,
cuántas risas de diablo,
cuántos sueños bajando por los ríos
para toparse con la muerte
sostenida en tus manos.

(Ricardo Gálvez)