La idea, o mejor la mentira, fue de mi padre. Dizque cortar el bejuco más grueso, de capitana, o de copé, creo. Aunque mi anhelo era el de totumo. Blanco y zumbón. Y tuve mi trompo, y eso colmaba la incipiente fantasía infantil.

Después, a jugar…¡A picar! ¡A zumbar! ¡A vaquear! Todo un ritual de mañas. ¡Vuelos de la agresión! ¡Pretextos de la ebullente virilidad!

Allí, en la raya, en la olla de lo siniestro, en el negro horno del acaso, todo se jugaba. Algo más que la simple apuesta.

El trompo hacía sus gracias. Sus piruetas aéreas. Sus enredos rítmicos… Y a Narciso le salían las barbas, pues tras el baile sereno o del desconcierto salticón,  se emplumaban los sueños.

¡Sueños de arena! ¡Silbos del curricán! ¡Ancestral culto sin palabras! ¡Loco embeleso de la mona de quiñar!

¡Ah secreta belleza! ¡Bendito trompo “de bejuco”! En cada giro, un pique a la vida, y en tus puntillas, ¡un quiño para Eros!

(Amellastre)