( Recreación de un chiste)

Eran los oscuros tiempos en que el arco iris salía en blanco y negro. En un frondoso laurel lucía la imponente figura de un gallo. Era un gallo que servía al pueblo de Solosueño como reloj despertador y alarma espiatoria. Su vistoso plumaje tenía el color de la ilusión.

Una mañana en que Tío Gallo se quedó dormido hasta muy entrado el día, y soñaba con los granos de oro que la fauna gubernamental estaba propulsando a voz en oreja, lo despertó de su letargo la labia almibarada de una zorra.

     – ¿Qué hay, hermano gallo?- saludó, y luego continuó a manera de información: Por fin le vamos a ver la cara a esa burlona de cien capuchas que siempre nos había tenido en discordia. Ya hemos firmado la amnistía. Ya el perro está en paz con el gato, el gato con el ratón, el ratón con el queso, y el queso con los pobres. Bájate, y démonos un largo y fraterno abrazo. Aquí tengo el texto- decía, mostrando un mamotreto de papeles.

Ya iba el gallo a tomar la escalera, cuando se oyó la desesperada búsqueda de un lobo, en cuyos ojos crepitaba el hambre de la historia.

El gallo, que por precaución sindical no había despuntado sus espuelas cuando se corrió la nueva de los acuerdos, clavó su afilada defensa en una rama, y se puso a contemplar  aquella carrera de la vida contra la muerte, de la verdad contra el engaño.

     – ¡Muéstrale los documentos!¡Muéstrale los acuerdos!-, le gritaba a la deslenguada mensajera de la paz.

(Amellastre)