He caminado tanto. Nunca me senté a la  vera del camino. Caminé y caminé, impulsado por un deseo, por una esperanza, por unas ganas  de algo que yo mismo sabía definir con exactitud. Así en ese caminar, tuve trifulcas  que  definieron mi serenidad. Golpeé rabioso hasta sangrar al jovenzuelo que osó sacarme, a su vez, sangre  de mi naríz propensa al desangramiento, todo eso frente a  un círculo de hombres maduros que aprobaban sabiondos aquel proceder. Yo quedé satisfecho de orgullo. Ellos también quedaron satisfechos de su juicio, y el  otro cipote quedo con su cara morateada pero sin sangre.  Así pulí mi ser. Decidí que mi retaguardia segura no era mi fortaleza física, y decidí que la injusticia había que combatirla. Así cultivé en mi vida un poco de ingenio, un poco de desdén, un poco de insolencia, un poco de sicología práctica. La suficiente para  manipular aquí , allá, lo justo para que mi endeblez física no se hiciera notar lo suficiente.

A hurtadillas tomé dinero que no era mío  para satisfacer deseos de  un mozo que  gustaba jugar futbol en la barriada. Leí a Emilio Salgari como un asiduo lector, conocí de piratas, de valor, de audacia, de peleas, de honor, de amores. Por esa vía  llegué a mundos nuevos. Julio Verne era mi amigo,  y viaje en mi vida  a estas alturas venta mil leguas de viaje andarino.

Fui cortador de café bajo fríos intensos. En aquellos grandes cafetales me perdí varias veces, y lloré al principio;  y luego entendí que siempre había estado perdido. Leí de Robin Hood,  que se mezclaba con noticias inquietantes de los periódicos , esos que aún subsisten y que aún envenenan.

Los muchachos se alzaban en armas y yo tan solo podía ir a comprarles cigarros,  mientras pedía por ellos en mi corazón de romántico justiciero. En ese ir y venir le pedí a dios una barba, que me concedió. Después le pedí un  fusil que también me concedió. Pero no fue fácil ese camino: Ví a la muerte que danzaba alegre en el festín,  supe de sus  antojos. La ví  eructar  luego de saciarse hasta el hartazgo. La vi beber sangre con una sed   infinita, y la vi al final, sonriente, enseñando sus blancos dientes, incrustados entre huesos viejos, que la sostenían.  Y eso me revuelve todo, me hace gritar desgarradoramente; grito que se hace lágrima, mientras rememoro  los seudónimos de   combatientes caídos, mientras recuerdo con tristeza la  facilidad con que el Ejército del Estado se deshacía de las personas de   caseríos enteros. A la muerte  también le ganábamos algunas partidas:  En aquellas hamacas  improvisadas llevábamos nuestros  heridos, buscando la curación. Al salvarse ellos, me salvaba yo; al morir ellos, una parte mía también moría. Por eso no estoy completo. Mutilado estoy de una parte de mi alma, que reclama  día  a día por esos desaguisados sociales, que provocan  jolgorios de muerte  interminables.

La justicia no llegó. Quizás es más malvada de lo que pensamos, o nosotros somos más demonios de lo que  creemos.

  Pues bien, así como me sucedió a mí, le sucedió a muchos otros. Nuestras agitadas vidas pueden contar  que entre  toda esa vorágine de  vidas incendiadas, la única calma era la joven bonita que  nos daba una sonrisa y nos daba un premio mayor: copulábamos con tanto ardor y pasión,  que aquellas jóvenes  nunca se han sentido tan bien amadas. A pesar de la ordinariez  de nuestras vidas, teníamos  en esos momentos una explosión de sensibilidad, que  las  muchachas querían siempre más, pero la noche también era peligrosa y había que hacer posta. La huesuda acechaba. Quiero decir que la alegría y la felicidad solo era estrella fugaz en aquella noche oscura.

Entre llevar cigarros y café a los compas y tener mi propio Ak en las manos,  hubo un largo trecho; manifestaciones, charlas, lecturas, reclutamientos, peligros, pintas, mantas, bombas, papas, molotov,  clases, cárcel, torturas, golpizas, entrenos rudimentarios, procesamientos, declaraciones judiciales, risas, tristezas, operaciones militares, presos, prisioneros, colaboradores,  traidores, combates,  escaramuzas, campamentos,  formaciones militares, ofensivas,  ordenes, guerra, emboscadas, organizaciones,  procesos sociales, muertos, paz, fusiles, heroísmo,  sangre, lágrimas.

Todo eso al por mayor. La regla, no la excepción, la norma, el pan de cada día. Resultas de eso cada sobreviviente es un libro ambulante: hombres con cicatrices en sus almas, que somos selva  virgen a la sicología. La justicia nunca llego, a cambio solo  cultivamos  angustia.. que se quita únicamente con  gritos desgarradores que asustan lo poco que quedó de nuestras veteranas almas, que preguntamos compungidas ¿por qué  señora justica, sos tan esquiva y tan voraz, que  reclamas sin  miramientos  sacrificios tan horrendos, para poder acercarnos un poquito a su realización?.. ¿es  que a los siervos de la gleba, siempre nos tocará así?

(Carlos Elías)