Ahí estaba. Y allí estuve, todo riesgos…

Cuando me asomé, sentí la ráfaga de agua en la cara, en la ropa, en todo el cuerpo. Y luego, la mentira: que iba pasando y una desventurada arrojaba el baldado a la calle.

Entonces regreso, y de nuevo estoy ahí, extático, fijo, inseguro. Pero una mirada basta para entender que, al fin, estamos bajo una misma lluvia, y pensamos que ya es aguacero, y sobre lo mojado, que llueva. Después salgo, o mejor, salimos y allí, en la penumbra de la sagrada cama, vemos las sábanas del calor. De inmediato escampa. Pero afuera, la lluvia continúa su canto monocorde, su ritual de frías caricias sobre la calle amedrentada.

Así, bajo la lluvia, llego a casa, y tú estás despeinada, diciendo a soto voce versos místicos, oraciones de reconvención. Al instante comprendo que henos estado ausentes, pero el agua, ese airoso parto celestial, nos encontró en algún punto del sueño. Y ahora, un beso sutil celebra el milagro. “Estamos vivos”, pensamos, y la música del pájaro papayero nos vuelve a la realidad.

(Amellastre)