En la ingenua cháchara nocturnal, mezcla de sudor y resignación, de las noches campestres de mi infancia, el corrillo familiar disponía los ánimos para el holgado sueño. Chistes, anécdotas, gracejos, consejas y cuentos de espanto se trenzaban en aquellas bocas santas. De pronto, en medio de la confusión mental por tanto embrollo, de mi voz salía la insidiosa pregunta:

       – ¿Adónde termina el mundo, ah papá?

La angustia paterna bailaba en los ojos, entre la duda y la posibilidad de la inocente mentira.

      – Allá – me decía, señalando el confín nebuloso de la azul lejanía.

     – ¿Y más allá, qué hay?- inquirían mis ansias de sentido, el profundo temor al caos y los deseos trascendentes de totalidad.

     – ¡Nada! Oscuridad…, decía tajante mi padre.

¡Cuánta ansiedad! ¡Cuánta decepción se anidaba en mi ser! Pero no desfallecía, y seguía mi interrogatorio de vida o muerte:

     – ¿Y cómo es el límite, ah papá?

     – Como una muralla, mijo, como una muralla…

     -¿ De qué?

     -¿ De qué va a ser?-, respondía mi padre como capitulando: De nubes, de agua, de aire, de monte…

Y mi fantasía, niño desnudo y travieso, se veía escalando con penoso esfuerzo, arañando las borrosas paredes, resbalando y subiendo para clavar la atónita mirada en el gran vacío, en ese inmenso abismo de humo del más allá…

(Amellastre)