Por fin convencí a la Luna de dejarme verte a través de ella. Me comentó que en tus noches enredado yacías al lado de las estrellas, brillando en el halo de tu luz, destellando por tus suspiros de anhelos entrecortados.
Me di cuenta de lo importante que era encontrarte, y a pesar de eso yo no lo sabía. La Luna prosiguió en sus descripciones, intentando venderme la tortura de olvidarme de ti y tus mil reproches cada Luna llena, aullando, rasgando y encontrándote entre un par de piernas caramelo.
Por fin, le hice entender que sin tener un corazón yo ya te amaba, y si mi sangre fluía al parecer por mi cerebro no hacía reparos, pues no razonaba, no funcionaba. Me había convertido en un caminante un tanto loco y apasionado. Comprendió, al fin, que solo te necesitaba a ti, no a tu corazón, yo amaba tu alma, no tu género. Amaba tu luz, tu poesía y tu sonrisa, no amaba tu amor.
Por fin, la Luna comprendió, y ahora me ilumina la habitación con tu presencia, entrando como rayos de luz entre mis cortinas cada noche, incluso entre la llovizna…

(Krissia Quesney)