Ese árbol es tan viejo como los ángeles langostinos que revolvieron nuestros mares. “-Así como lo oyes, mijo”. Ellos lo trajeron y lo plantaron dizque con la intención santa de que acá también probáramos la frutica esa que llaman de Eva; aunque ya nosotros la habíamos saboreado, sólo que éramos tan burros, ¿quién lo dijo?, que no nos dio en le caletre por empujarle un nombre bien católico y la designábamos a nuestro modo, fruta amerindia, ¡qué vainas! Y como nos resistimos a atragantárnosla, así por que sí, nos la inocularon en aguacero de amargos petardos, para que nos doliera, grandísimos pendejos…
Desde entonces, mijo, vivimos indigestos, y, si nos pincha una muela, si vemos morir una hormiga, si nos quebramos una pata o si soñamos con una serpiente que se anuda al cuello de un virgen peinando sus cabellos, ahí pensamos que en la causa mocohistórica que remite todos los hechos a ese bocado mágico en la hoja de pamparra que, primero el alesbrestado Adán, luego el aventurero Colón con su séquito de pelafustanes y por último los pajizos de la ONU, han estado pegando cada uno a su gusto y amaño. -“Así como lo oyes, mijo”.
El viejo clavó su mirada hacia el punto donde el celaje y el mar se abrazan indisolublemente, pensando en la próxima cigüeña… ¡que vendría de París!.

(Amellastre)