En este azul que desfallece y corre hacia la noche he aprendido a verte, a sentirte en el aire que se inflama de sombras, poco a poco. Y es que un sol moribundo que estalla débilmente en las piedras, es también el recuerdo que se vuelve presente. Deambula aquí, se me enreda y hace que este sitio tome forma de hogar. Los tranvías cercanos explotan en miradas y graban en los rieles negros su beso de hierro, mientras la vida, agitada, indecisa, atraviesa la calle después de que una luz verde le indica su marcha. Y estás tú entre sus rostros, siempre tú y la infinita bondad de los besos rompiendo secretos y arcanos eternos. Estás tú en este sitio que, al igual que mi tierra, tiene historias de sangre.

Al recordar mi invierno, escucho un permanente quejarse de la lluvia en los tejados, y vuelven a mis ojos las visiones de caminos y veredas que no tenían rumbo. Abandoné la casa. A falta de estandarte que gritara mi gloria, llevaba entre las manos una huella de polvo de esas que se recogen en las calles, campamentos y cárceles. También una promesa, que era un eco de voz y tu rostro brillando en un retrato arrugado que guardaba con celo en uno de mis bolsos. No tenía más que eso. No tenía la dicha de esperarte cada tarde para perdernos juntos en esta vena de asfalto. Y así corrí mi mundo, mi invierno permanente donde todos los puertos resultaban de sangre.

Ahora estás ahí, entre esos rostros que vuelven del trabajo. Mi trópico atrapado en el recuerdo, aún busca tus manos que se deslizan suaves sobre la piel del rostro. Ahora me he quedado en ti, y eso me agiganta y me hace de huesos y carne que abandona su miedo en otra carne. Cuando entra la noche puedo encontrar en ti la parte que me falta, esa que se extravió entre las morgues y los cafetales verdes, y los rezos y lágrimas. Esa que respiraba dolor en cada grito de mi madre o mi padre al ver su savia herida. Esa que aún reclama los patios de los niños jugando a las canicas, lugares que más tarde se trocaron en muerte. Ahora estás aquí y me pierdo en tus labios.

 

CABALGA, CORAZON

A veces se confunden las palabras,
se detienen de pronto en esos sitios,
viejos sitios,
de raros temblorosos,
y la sangre pregunta por arterias
y los cuerpos no encuentran melodías.

Es dificil pensarse sin costuras,
sin lamentos,
sin sudores que dejan en la boca
la memoria de losas donde yace
el terror detenido en las pupilas,
y una sombra,
como un beso de oscuros avatares
que disponen su sitio a nuestro pecho.

Xibalbá que conoces de caminos
donde se habla de sueños expropiados,
y campanas doblando por los huesos
y amuletos de mínimas distancias,
no niegues a tu tiempo otra madera,
no impidas que la llama te descubra
el signo del amor en su sonrisa;

busca en ella los pasos que te faltan
para alzarte con todas las visiones,
busca en ella,
desciende hasta los labios
que jamás soportaron los metales;
busca el simple pilar de la ternura
donde, quietas, las lágrimas reposen,
como gotas de lluvia en los cafetos,
y descubre que a todos tus abismos
les florece una piel que sabe a gloria.

(Ricardo Gálvez)