SEÑORA

Señora, flor del trigo, tus palabras
dejan correr la savia que precisan
estos labios que saben de los sitios
donde las aguas corren moribundas;

donde jamás podría suspenderse
el milagroso tacto de los besos,
ni ese vestir de fiesta los domingos
cuando trota, sin prisa, la mañana.

Por eso me sumerjo en los espacios
que conocen el ritmo de tu boca,
la claridad del aire donde habita
el fantasma encendido de tus ecos.

Esa virtud de estar sin los costados
abiertos, sin derrumbes y sin garras,
debe servir de planta que transforme
éstas mis manos rotas en caminos.

Por eso me descubro de secretos
y los pongo a tu vera, junto al surco
donde te viertes, viva, cual la llama
que destierra la sombra y los temores.

(Ricardo Gálvez)

 

 

HABLAR DE TI

Hablar de ti, mujer, resulta flora,
verde estación, calor que profetiza
una raíz de piel entre el asfalto
y la fiesta del sol en los abismos.

Es que jamás podría desnudarte
con las manos vencidas, con palabras
que atan la tempestad y la convierten
en una triste fosa de conceptos.

Y por eso descubro tus virtudes
con el cincel del beso y con la furia
de la lumbre que brota entre mis rotos
y atenazados símbolos de calle;

con la misma locura del que corre
entre voraces sitios donde brillan,
como gotitas tímidas, las lágrimas,
mientras gritan “Detente!” los candados.

Hablar de ti, mujer, resulta playa,
como decir espuma, sal y viento,
alma de tierra y mar que no preguntas
por todas esas marcas en mi rostro.

(Ricardo Gálvez)