Un día amanecí con el futuro vacío y golpes en el rostro. Luego, horas más tarde, cuando el sol comenzaba a grabar su beso en los rostros, un boleto de autobús y la voz de un amigo al teléfono me llenaron las manos. Por qué no decirlo, también las pupilas.  Ahí estabas tú, hermosa, violenta y desangrada. Ahí, perfectamente ahí, en el centro del miedo.

CANTO A GUATEMALA

Olor a tierra simple sobre mi sed de siglos,
sobre mi sed presente se desata la lluvia,
los pájaros nocturnos son voces del pasado
que tienen los encantos del recuerdo sin tiempo.

Las flores en los campos remojan sus pinceles
para teñir los lienzos con besos de colores,
sus pétalos de seda serán los tibios suelos
donde las mariposas han de soñar el néctar.

Esta tierra divina de verdes sortilegios
me ha de ofrecer mañana sus ubres de montaña,
y mi canto sin rumbo se encontrará los signos
por donde van trotando los centauros del sueño.

El temblor del rocío después de la tormenta
desatará pequeñas pupilas de luceros,
y los parajes secos se volverán canciones
celebrando el milagro de la espiga que nace.

Guatemala que abrazas mis huellas clandestinas
sin preguntar el nombre de todos mis desvelos,
mi canto de silvestre torogoz desterrado
solo pide tus senos de mazos y cenotes.

Solo pide tu verde campana de ternura
doblando por los pasos en la tierra perdidos;
déjame que te cante princesa de esmeralda,
que derrame mis versos sobre tu piel morena.

(Ricardo Gálvez)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VERDE SILUETA

A Guatemala, y su tremenda agonía

Verde silueta, mais en boca triste,
corazón que columpia los recuerdos
y las manos vacías que se colman
de veredas y ríos con leyenda.

Carrusel que dispuso sus colores
en el rostro perdido en las distancias,
militante del sueño y de la vida
y plegaria que sigue siendo brazo.

He pedido perdón a mis verdugos,
a mis viejos temores, a mis simples
horizontes de tierra y de visiones
que se pegan al hombre y su miseria;

a las noches en vela mientras pasa
una pena infinita por sus sombras,
a tu voz suspendida entre los gritos
y al derribo de puertas y a los golpes;

al olor de los cerdos, al Motagua
y su fondo repleto de cadáveres,
a mi esposa de trigo y de marfiles
que moldea mi arcilla entre sus dedos.

Pero todas las cosas me responden,
y me dicen que el mito se construye
con la sangre del hombre cuando sabe
que lo habita un quetzal en los destierros.

(Ricardo Gálvez)