Vengo desde mis simples y desnudos pilares
a pintar esta tierra que sostiene tus pasos,
desde esa anatomía que no precisa precio
para dejar temblando un signo en las pupilas.

Vengo desde las furias de mis volcanes rotos,
desde el tiempo que impuso su sitio a nuestros sueños,
vengo con la palabra, altar de piedra viva,
hasta el lugar que encierra tu júbilo de pájaro.

Cuando apaciente libre nuestro corcel bermejo
y el milagro se forje dentro de las raíces,
ya no tendremos esa sensación de estar solos,
solos con la esperanza colgada en las paredes.

Y es que las flores dicen que al cesar la tormenta
un horizonte escancia en las frentes su beso,
deja que las miradas encuentren otra lumbre
y entre las manos solas un aroma de trigo.

Hubo un espacio triste, el dolor existía,
y mil rostros sin verbo acariciaban tenues,
desvencijadas notas de un futuro sin savia
para ofrendarle al odio una copa de sangre.

Pero la vida canta y se desborda en todos
esos parajes secos que reclaman su huella,
verde estación con polvo de todos los caminos
que ha de seguir atada al corazón del hombre.

(Ricardo Gálvez)