I – PODRIA DEFINIR LAS HORAS NUESTRAS

Podría definir las horas nuestras,
cuando todos los besos concluyeron
en un mirar el rojo del ocaso
mientras las negras dudas emigraban.

Había en ellas todo lo que buscan
los pájaros vencidos por el peso
del agua, suspendida entre sus alas:
un verano clavado en las pupilas,

una especie de mar y la espesura
de un seto donde dice su delirio
la liana que se enrosca al cedro negro,
como una piel hundida en otros poros.

La ruta de mi cuerpo hasta tu lecho
y el labio, roto labio, triste labio
que cabalgó sin pausas los extraños
y oscuros laberintos donde crece
la sombra que aprisiona a la sonrisa.

Podría definir todas las horas,
todas, las ahogadas, las siniestras,
esas que todavía nos persiguen
con su trémula rosa de martirios
y un fracaso brutal en la memoria.

(Ricardo Gálvez)

 

II – EL AGUA TIENE VOCES EN SUS ONDAS

El agua tiene voces en sus ondas,
un loto macilento que pregunta
dónde estarán las viejas cicatrices
y todas las palabras que buscaron
un eco de horizonte entre su estanque;

y tiene una mirada sumergida
y una boca de azules porvenires,
y el polvo de las huellas que perecen
cuando les falta trigo a sus caminos,
más de alguna ciudad que llora sola
y atada a crueles símbolos de muerte;

una serpiente de sangre que maldice
al descubrir la flor en la sequía,
un amor otoñal y la blasfemia
del corazón sin savia, sin motivos,
sin una encrucijada entre las manos
que lo apaciente, solo, por los miedos.

Tiene matriz de roca y de preguntas
cuando la piel se queda entre los cercos,
y un beso, claridad en las vaguadas,
un beso que prefiere a los abismos
beber el vino simple de tus manos
y hacer de ti su templo y sus raíces.

(Ricardo Gálvez)

 

III – YO QUERIA

Yo quería que todas las palabras
sostuvieran los signos, las señales,
el resumen de un tiempo que dispuso
su desborde de ríos y la ruda
estación del calor en la semilla;

y quería los grafos que las aves
picotean, atentas a los vientos;
y buscaba los besos en los pliegues
de una puesta de sol y de la noche,
de una fuga del mar hacia tus plantas.

Yo buscaba un recuerdo, claro y tibio,
y una voz al teléfono, vibrante.

Pero quiso la fragua otra madera
que no hablara de amores tan sin savia,
que no hablara de labios desgastados
y de pasos sin polvo entre sus carnes,
quiso un sol y una noche verdaderos.

Y por eso me acerco a tus jardines
con mi suelo de sangre y de blasfemias,
con el trigo que tiembla porque sabe
desde donde le vienen las grafías
de esa nueva virtud de estar alegre.

(Ricardo Gálvez)

 

A mí me dieron el mar (Piero)