El verso,

mi verso

es como el beso rudo que cabalga
en la voraz ribera donde el frío
deja sus huellas negras que parecen
surcos de tedio abiertos a la noche.

Y es un ancestro signo que persigue
la pluma de oro, clara y sin cadenas;
la augusta voz que llene como el trueno
ese mortal cansancio en las gargantas.

A veces rompe altivo la dureza
del corazón de piedra en el humano,
como la luz que cruza por las sombras
con el color azul de sus augurios.

Cada rincón del verbo debe abrirse
como una flor que espera su milagro
mientras, pequeña, busca sin malicia
la primavera oculta en otra boca.

Cuando el cantor suspenda sus gaviotas
en el pulsar oscuro de los miedos,
una canción de paz habrá nacido
entre la niebla gris de la desidia.

Ese cantar amor y vida nueva,
vida que vibre, sueñe y se desborde
cuando en el hombre quiera la desgracia
dejar su garra oscura de fracasos.

Amor que luche, crezca y no decline,
que siendo brazo fuerte en los injustos,
sepa grabar un signo en otros ojos
si es que precisan fuego sus altares.

(Ricardo Gálvez)