Siempre el recuerdo. Es que está vivo en mí, me pertenece. En el tiempo que habita ese recuerdo crecí y morí mil veces. Crecí en ausencias y boletos de autobús, y en hospedajes. ¿Podría olvidar, acaso, la certeza de estar solo, tremendamente solo y aferrado al teléfono? Correr nunca ha sido mi mejor ejercicio, pero tuve que hacerlo. Huir, saberme paria y una silueta con un fardo de dolores como equipaje. Ahí crecí, entre esas calles sucias de lugares que desconocen la ternura del pájaro y están llenas de manos asesinas. Mas, sin embargo, nada es para siempre y algún día escampa en nuestro sitio. El dolor no es una casta, es lo que me toco vivir, y por eso no olvido.

Morí después de cada fecha, cuando llegabas por un breve espacio de tiempo hasta ese sitio. En cada ocasión algo dentro de mí se fue aferrando a la vida. Morir por dentro en nuestros abandonos y nacer a la esperanza. Morir en ti, dejar que la luz rompa sus secretos muy dentro, ahí en el fondo, en el centro mismo del miedo para ascender al alba. Así, las calles tomaron forma humana, y las ausencias y boletos de autobús, y los hospedajes, dejaron de imponer su imperio en nuestras vidas y el calor abierto de todos nuestros pasos, encontró una fuente donde saciar su extraña sequía de besos.

Ahora nieva en Berlín, y estás tan cerca. El frío no puede más dejar nuevas marcas de ausencia en nuestras voces. Está el recuerdo ahora, pero te amo.

TODAS LAS CICATRICES

Todas las cicatrices, mías todas,
forman un mar espeso que recorre
ese batel sagrado de tus manos
cuando la fiebre rompe en mi cabeza.

Tú desnudas las ansias, las devuelves
a la región del sueño y del olvido,
luego me viertes, simple, como el agua
mientras canta su gloria en los cafetos.

Roca que me alimentas de dureza
para verme crecer junto a tu savia,
dejas parir la luz y sus augurios
en los sitios precisos de la sangre.

Cada segundo atado a las distancias
supe que no podría desprenderme
del horizonte nuevo que se esconde
en la humedad salada de tus poros;

lo supe cuando estabas, como el trueno,
corriendo entre mis venas, y mis ojos
buscaban locamente otras ventanas
donde dejar grabadas tus señales.

(Ricardo Gálvez)


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