Mucho tiempo solo. Buscando. Tanteando en sitios donde las miradas no tienen ese calor a vida y a casa que abriga. Mucho tiempo sin ti cercana, y la vida que se escapa por entre los caminos y las historias más tristes que pude contarme. Yo mismo en esas historias. Yo mismo y un dolor tan grande que parece que todo sabe a soledad en una banca de un parque, y que pregunta ¿Dónde estarás ahora? ¿Cuánta memoria abraza el tiempo de las manos sin motivos? ¿Cuánta distancia? ¿cuánta?. Mi corazón crece en ti y ahora me fortalezco y me agiganto.

 

Hablemos de las lágrimas
y su tono de sombras y su vicio,
su desvivirse en toda la desidia
de recuerdos al aire,
del miedo,
cuando llega la noche como un canto podrido que no sabe
de la piel que ha brotado en los caminos.

Hablemos de tus manos,
de mis manos,
de la ruda miseria que traspasa
las paredes del cuarto donde quedan
las señales gastadas de los besos,
y evoquemos a todas las deidades que nos vieron correr,
sonámbulos y extraños,
heridos,
entre la multitud desaforada,
mientras todos los labios se vertían en copas donde reina
la leyenda del humo en los metales
y el tritón de los sueños, que perece.

La razón de buscarte en los espacios
donde todas las cosas sostuvieron
edificios vacíos,
despojados del fuego que transcurre
con la siembra en las manos y en los párpados,
debe ser el calor de los rincones que copiaron tu rostro y que lo alzaron,
desde el mísero cerco de la muerte,
como una flor de luz que sabe a trigo,
a cascada y sudor, a nueva ruta
donde apaciento, libre, mis palabras;
calor que sabe todo de nosotros,
de esa vieja madera con nudos y borrascas
y con la claridad del alba y de la vida.

(Ricardo Gálvez)