Todo cabe dentro del proceso de crear. Vida y muerte. Sol y lluvia. Un espasmo en la frente que hace retroceder a cada instante. Y el creador precisa de todo para forjar su verbo, su mundo de palabras, hecho sueño. Así se va dotando de corazón y piel a las cosas mas simples, a las que se le ocultan, a las no inventadas.

Pero más que las cosas y su necesidad de formas, de nombres que las identífiquen y las eleven hasta planos altísimos de la palabra, exiliándolas en libros y en etiquetas que con el tiempo se agotan, están los otros y su calor de mundo, y su frío de mundo, y esa infinita virtud de habitar cada renglón de vida del ser que crea, que canta.

Pero disculpa. A veces el vino trastorna mi cabeza y me pongo a escribir estas cosas, estos garabatos que nacen desde una propia experiencia.

 

Dresde

El timbre sin gloria de un viejo que pasa
se quiebra con furia sobre tus asfaltos,
va rumiando el frío su pena de tiempo
y las sombras cruzan como un vendaval;
serpientes que riñen, rotos corazones,
pasos que se pierden entre la penumbra.
Cuando el suelo llora al germen sin rito
cubre un piano al día, roca desolada
donde se pervierte un beso desnudo.

Hacia un laberinto de flores ya muertas
va callado el sueño, rastros de ceniza
y garras de tedio rompen su costado,
buscan el latido del rosal perenne
para recrearse entre su esperanza,
y calan las dudas, las piedras bostezan,
se abre un gigantesco abismo de miedo,
dicen su silente plegaria los dioses
para que amanezcan semillas los labios.

Hay un viejo sitio donde canta el agua,
brilla entre los setos la flor del misterio,
la ruda madera cuenta su leyenda
de amores que han ido venciendo alambradas,
el torogoz liba del rosal perenne,
nace del quetzal un mito sagrado,
la fuente amanece con luz en su fondo,
crece libre el fuego su lengua de siglos
y entre las pupilas, un nuevo horizonte.

(Ricardo Gálvez)