Por qué no tengo más fe en deidades.

Durante doce años de guerra vi de todo. Cuerpos tirados en las aceras y acompañados por una vela y un recipiente para colectar monedas, algunas veces; otras veces en los basureros sirviendo de comida para buitres y perros, sin familia, solos. Madres organizándose para recuperar a sus hijos que de seguro estaban habitando los fondos de los ríos, o por ahí en cárceles clandestinas donde existía algo como la inquisición, salitas así, nada de oscuras ya que tenían un reflector gigantesco que se metía hasta en los huesos y un puño de juguetes de esos que inventaron para sacar verdad. Mis propios padres murieron más de una vez por eso de los hijos. Pero eso no es exclusiva de mi famila, les pasó a muchas. Jóvenes masacrados dentro de las iglesias. Pueblos masacrados por los famosos operativos “yunque y martillo”, cuya táctica era empujar a la guerrilla, y a las masas que la acompañaban, hasta la frontera norte del país para que el ejército hondureño los rematara. O los “Tierra arrasada”, donde se masacraron poblaciones enteras, puestos en práctica por fuerzas élites denominadas “ batallones de contrainsurgencia y reacción inmediata”, entrenados en bases de Panamá y los Estados Unidos, verdaderos asesinos que procedían de las clases más pobres de mi país. Y en ese contexto, madres asesinando a sus hijos para no ser delatadas cuando iban en “guinda”. Famosa esta palabra para los que conocen y vivieron ese infierno. Correr día y noche para que no te alcancen los hijos de puta. Doce malditos años que no los regalan a la vuelta de la esquina, hay que sobrevivirlos, pegarse a tierra, morderse el dolor y olvidarse para siempre de las lágrimas. Después nos dieron un carné firmado por Onusal donde decía que nos perdonaban todo, y que esa era la paz firmada.

Por eso no tengo más fe en deidades, aunque ese diosito mío está ahí todavía, y no lo niego, cagándose de la risa cuando me ve vomitando o sudando a chorros. Pero bien, gracias por la esperanza, porque no soy un existencialista que se conforma con ver pasar la vida sin tratar de mirarse reflejado en los otros, en todas sus partes, en cada una de sus virtudes y tachas, para después poder decir esto es lo que soy y no otra cosa. Es decir, para encontrarse.  Abrazos y saludos.

 
Qué sabes tú

Qué sabes tú de espesos
y turbios cafetales
y montes donde cuelga la sombra sus gorriones;
del día que sorprende a la memoria echada
sobre cuerpos y gritos
mientras se acerca, bífida,
la muerte a los recuerdos;
desnudas las arterias se arrastran mientras ríen
en tu mundo los años,
te tocan otros dedos que ya no tienen savia
y los labios del tedio abrazan tus despojos.

Dime por qué te empeñas en surgir del abismo
cuando todo ha pasado;
será mejor que emprendas tu viaje hacia el origen
y te duermas por siempre;
a la tierra es preciso recordarle que todos,
todos nuestros fantasmas dormirán a su vera
para que cuando escuchen
tu voz cerca del mito
la devuelvan
al sitio de los huesos.

Las aguas que vigilas,
los retazos de un mundo
donde se sostuvieron todos esos latires,
recorrerán furiosas,
como un río con sangre de niños mutilados,
la aridez de las lenguas
que ocuparon tu boca;
ya no podrás copiarte la risa en los espejos
ni la sombra ni el odio.

Qué sabes tú de mí,
tú que siempre pretendes
como una muerte negra;
qué sabes de los vasos colmados con las lágrimas
y besos
de todas nuestras madres;
qué buscas,
si todos esos gritos descansan a la sombra
de una tierra sangrada.

Mejor es que te reptes
sin decirnos
el nombre que sostuvo tu rostro sin señales,
porque quizás mañana,
cuando menos presientas,
despiertes en un mundo de lamentos y rezos.

(Ricardo Gálvez)

 

Un día estarás ahí

Un día estarás ahí,
frente al recuerdo,
y el color de la sangre se detendrá en tus ojos,
arderán,
crepitarán entonces mil voces del pasado,
todas alzando nombres, todas sudando miedos,
mientras crispas los dedos y una mueca te inunda, violenta.

Un día
Un día te besarán, atentos, los fantasmas,
mientras crece una sombra,
una mano de odiosas dimensiones
en tu mundo de eclipse, en tu miseria.

Ya no podrás alzar la voz y mutilarme.
Ya no podrás vestir con el dolor
el rostro de mi madre, de mi padre que vuelve del trabajo,
de mis caros hermanos mutilados.

Te quedarás ahí,
con el olvido,
la mirada perdida,
la sonrisa hecha mueca
y el color de mi sangre, detenido en tus ojos.

(Ricardo Gálvez)