Todos tenemos un dios. Una propia tormenta donde ocultarnos, y siempre le rezamos. Le pedimos tantas cosas como cuando vamos a un supermercado. Lo vapuleamos y lo vituperamos como hacemos con los otros. Y en ese afán odiamos y nos saciamos de los demás. Buscamos en los otros algo que nos hace falta, pero lo hacemos de una forma solapada, para que no te des cuenta, para que no me de cuenta, y también desbordada. ¿Y con cuáles razones? Bueno, para ser el centro del juego y satisfacer nuestra necesidad de ego. Es esa fe chueca, esa sabiduría de alcantarilla que solo pretende ubicar a un  ser superior en otras dimensiones muy personales sin hacerlo parte de los otros, pero sí a través de los otros. Una fuga hacia nosotros mismos. ¿Por qué negarlo? Yo he socavado sueños, he podrido conciencias y hasta he matado. Y muy dentro de mí, allá muy en el fondo, me siento un hombre bueno que tiene sus creencias.

Antes, cuando era una especie de estudiante, tuve amigos jesuitas y aprendí de ellos a mirarme las manos, los ojos y hasta el trasero. Esto porque siempre me decían algo sobre el hombre y sobre dios “no le creas a dios por más que te prometa, por más que te prometas, porque estarás perdido”. Yo me quedaba pensando en eso sin encontrarle coherencia. Pero con el tiempo, cuando crecí en eso de la calle, y de los encierros y las fugas. Cuando me ví entre toda esa gente apestosa a crimen y a vicio, pálido como un cadaver que no tendrá un último lugar de descanso. Cuando me enteré que a mi padre lo apretaban los usureros y que había algo como una pirámide que me ponía muy abajo, entonces supe el por qué de los dichos de los jesuitas que tampoco eran santos, y me embarqué en una guerra para expiar mis culpas.

La gente va y viene preguntándose y creyéndose cosas. Cosas que le dicen en la iglesia, en el trabajo, en el mercado y en el hogar. Cosas sobre la redención y el castigo, sobre el infierno y el paraíso. Cosas para quedarse en suspenso y llorar de miedo. Pero lo que no dicen, y después no te dices, es que todo gira alrededor de los propios intereses. Eso lo aprendes haciendo un ejercicio programado de egoísmo, y por ahí también te da por andar regalando limosnas a los ancianos, juguetitos a los niños de la calle,  haciendo la obra que llamamos buena. Luego, cuando ves en la calle tanta juventud perdida sientes pálida y dices “Estos políticos que no hacen nada para erradicar a esta lacra de la sociedad” y te indignas y maldices. ¿Y la oportunidad que les toca? ¿Lo que les corresponde por humanos? Son duras las calles, la realidad de muchos es dura como para decir no entiendo, o entiendo bien y me hago el sordo. Igual, vamos a encontrar multitudes que se estiran como espigas y dicen “yo no, yo no soy de esa clase de humanos y mi estatura moral es otra”, espantándose y poniendo el grito en el cielo al oír cosas que son reales, y todo esto mientras le joden la pelota al niño del vecino, o le dicen “para vos no hay” a todo el sucio y molido por la miseria.

Y dios, ese dios nuestro hace lo suyo, tomando las desgracias ajenas como argumento para mantener su estado de existencia. Y es que como ha nacido en nosotros no podemos desterrarlo. Y como también ha sido metido a fuerza de falacias y garrotazos no es facil decirle que se vaya a comer mierda. Mejor lo acariciamos y juntamos nuestras manos en señal de plegaria. Luego ante una desgracia natural nos persignamos y hasta maldecimos, y decimos ¡Dios mío! La naturaleza no tiene chance de elección y hace sus cagadas aplastando gente, ahogando gente y otras cosas, pero ahí está siempre para darnos panes y peces, aunque ya no tenga casi pelo ni lágrimas en sus ríos; aunque nos orinemos en ella. ¿Por qué mezclarla con el dios creado por nosotros? Lo que se debe revisar y atacar son nuestras manos, nuestra desidia y omisión, nuestro dios cómodo que camina con zapatos de última moda, destripando dedos desnudos. Ese diosito que va por ahí haciendo turismo con las desgracias y harapos de los otros. Ese diosito que no tiene nada que ver con las cosas espirituales de los abuelos y sus caites y sus augurios de tormentas y de milpa. Nuestra deidad enardecida que aplasta personas ya aplastadas.

Así me hablo Medardo, un recluso del centro penal “La esperanza” a quien llamaban el profeta, mientras un guardia nos vigilaba desde el punto de control al otro lado de las rejas.

 

Vienen días sin treguas, días negros y largos
como para perdernos en la hoguera del vino,
y no sabremos dónde quedaron los amargos
jirones de la vida, borrones del destino.

Sabremos de profetas que se fueron vendiendo
como vulgares voces de tenores sin vida,
enfermos jardineros que han ido construyendo
su jardín de plegarias, su monótona herida.

Pasarán muchas aves llevando las visiones
de la Atlántida muerta que pregona la historia,
y Leviatán converso por sus propias pasiones
desviará sus pisadas en busca de la gloria.

Y en esa melodía de avatares y pestes
nos buscará la muerte los costados abiertos;
solo los versos sacros de los montes agrestes
y la magia del mazo forjarán nuevos puertos.

Liberemos al Cristo de la fatal condena
que lo priva de vida, dejémoslo al mundano
universo de sueños, rompamos su cadena
de ministros e iglesias y volvámoslo humano.

Hemos desperdiciado la sangre de corderos
en lujuriosas copas previamente robadas
a sucios mercaderes, asesinos de obreros,
sin saber de los llantos de las madres ajadas.

Liberemos al Cristo, que vuelva a ser humano;
los símbolos del tiempo reclaman su lectura:
la diestra florecida de nuestro Cristo hermano
que vendrá a develarnos de su amor la escultura.

(Ricardo Gálvez)