Sé que hay un beso cárdeno suspendido en tu boca,
un infinito espacio de luz y de silencio
que es donde se sorprende tu voz y se deshacen
los solitarios barcos de su angustia.
Hace muchos inviernos que en las venas
buscaron los dolores un refugio,
un dejar que descanse la tristeza
entre los pliegues grises de un lamento,
tal vez dejar grabada en la memoria
su frágil cabalgata de martirio,
tal vez un leve signo de sal en las pupilas
capaz de humedecer brevemente su copa

Y mis labios, perversas golondrinas
que alzaron todo el verbo en los caminos,
aún siguen desnudos y sangrantes
como soles pequeños que no quieren
dejar que las tinieblas los consuman;
pobres labios, levedad de silencio que respira
y amanece con carne entre sus grietas,
deshojado cuaderno de recuerdos
donde viaja, muy grave, la tristeza.

Cada sierpe que encuentro entre mi pecho,
pobre sitio que sigue con su vicio
de tallar la madera que cuelga en lo ignorado,
busca entre esos colores de la tarde,
ese timbre rojizo de la boca
donde yace enterrada vilmente la ternura.

(Ricardo Gálvez)