Y es que tuve un espacio entre las manos.
Era un timbre de sol,
una flor que decía
la tonada del agua en la tierra del fuego,
un perpetuo dejar que la vida disponga,
sin más límites
que la furia del signo cuando echa raíces;
y me crecí gigante,
alegre,
desvistiendo silencios,
la ternura del simple bostezar de la tarde
mientras todas las lenguas apuntaban a Venus.

Cuando supe que habían atracado fracasos
en mi puerto que abriera su calor a las furias,
cuando me vi pequeño,
desnudo en la tormenta,
sangrante,
despojado de todo,
de ese espacio que tuve entre mis manos;
y cuando los momentos de las lluvias no supieron de historias,
no forjaron leyendas,
cuando el dolor, el grito, la angustia que maldice,
no supieron decirme donde estaba soterrada la dicha,
me nacieron gaviotas con color de granizo
y en un monte sin nombre se crisparon mis dedos, se abrieron
al oscuro secreto de la sangre que corre entre grises recuerdos,
de sentirse pequeños,
mínimos amuletos del mal y de la muerte,
de saber del destierro y su nieve gerania.

Ahora callo,
me trajinan ciudades que no saben de donde
viene la melodía que dibujan los astros,
ni la fecha que debe
albergar sin miseria a la vieja semilla,
las pequeñas sonrisas que no saben de bocas
donde copiar su tenue desvestirse sin miedos;
agoniza este campo
y en las manos sostengo una grave silueta, nuevo signo que busca,
entre las piedras negras,
un fragor de esperanzas y de espacio sin cercos.

(Ricardo Gálvez)