(A todos los loros parloteros del mundo)

  Tengo que escribir una carta. He dado tantas vueltas y revueltas, que no me atrevo a aseverar nada de nada, tanto que he pensado echarlo todo por la borda pero me aterro, pues tengo que enviarla por sí o por no; quizás por sí, aunque me hubiera sentido mejor escalando al cielo como un barrilete sin cola que verme en este atascadero de la gramatología. “Así es la vida, qué le vamos a hacer”, me diría mi abuela… “Como no sabes garabatearla si en la clase eras la divina verraquera para las notas… así que se te oxidó la memoria o no sé… y estás metido en un compromiso serio porque hoy después de haber obtenido solemnemente ese papelote que ves pintado en la pared le has visto la cara a lo que tu papá te decía que no fueras zoque… que esos pelagatos estaban apenas por ganarse el pan… que ni siquiera sabían dónde estaban parados… que te fueras a cultivar la tierra… a criar tus animalitos… que la enseñanza era para los burros para que no se encabritaran cuando le pusiéramos la carguita para irnos para el pueblo… que tendrías plata en el bolsillo y las muchachas no te escurrirían el bulto…”.

   Tantos intentos me tienen atiborrado, pero haré el último… Miro el reloj público para apercibirme del tiempo y alguien dice: “Está  tan atrasado como el correo”. Entonces me apresuro a casa cabizbajo, dándole riendas al potro cerril de las ideas. “Primero la fecha, luego el destinatario seguido del saludo y por último.. la fecha”, es todo lo que recuerdo de los modelos que nos dictaba el profesor de letras, pegado a quién sabe qué maula de autor o quizás a alguno brillante porque él nos decía que su texto, que nunca le conocimos, era de un autor foráneo. Esta fórmula de tanto repasarla le he reducido a una sola palabra: el busilis, pues aquí se me rompen todos los cabestros y no logró enjalmar al ágil pegaso, menos montarlo.. Me sosiego un poco mirando las trampas de espinas que le hemos tendido a los murciélagos debajo del caballete, el crucifijo de madera enclavado encima de la puerta de la calle y unas figuras de deportistas que recorté de una revista argentina, y luego vuelvo a ensayar: escribo… leo… borro. ¡Qué fastidio!

    La brisa continúa danzando entre los árboles, y a ratos se hace tan intensa, que se resquicia por la ventana y me envuelve en sus lozanas alas. El sol sigue su coruscante sendero. Y los pájaros, desde los frondosos árboles, emiten alegres y sentidas tonadas… Todo lo cual me hace elucubrar, con la farola toda pila, en la insondable caverna donde personas y cosas son espejos velados…

   Luego de este descomunal descenso a los lugares de nadie, siento que algo se está transformando dentro de mí y surge como una sonrisa primaveral…

   Mi mente se siembra de recuerdos; sobre todo de los años estudiantiles. Ahora caigo en el aire sacro y doctoral que rezumaban casi todos los profesores, en sus métodos caducos y en sus cabriolas noseológicas, que si alguien se las requería se deshacían en palabreros malabarismos, teniendo el descoco de responder, “¿a quién culpamos?, nosotros sencillamente hacemos empollar el pénsum”, y a quién diablos íbamos a cargarle el polluelo muerto, pues para tragar entero, éramos unas meras gallinas cluecas; pero bueno, lo sido, sido, y que no siga siendo!

   Ahora sí, voy a correr la carta. Salgo de prisa pasándome las manos por la cara para esclarecerme la vista y me dirijo a la oficina postal. Ha sido tarde. Mi carta llegará…

   Regreso con los ánimos como plomadas  y me tiendo bocabajo en la cama a rumiar mi derrota. Entonces recuerdo que un profesor al que habían destituido no sé porque motivos, me decía que el día que me decidiera a pensar por mi cuenta, iba a cambiar el nidal de loros parloteros que tenía en la casa, por otro de búhos cogitahondos. Esta idea me hace saltar de contento.

   ¡Mañana será otro día!

(Amellastre)