A Jairo Aníbal Niño

  No fue así como lo vi aquella vez. Me pareció, entonces, un ser nada lunático como pensaba yo que debían ser todas las personas que trataban de hacerle creer a uno el truco de la transformación de la vida por el mágico arte de la palabra. El, en cambio, era aterrizado, extravertido y elocuente, es decir, humano. Habló; leyó, y conversó con todo un paraninfo lleno de inquietudes e incertidumbres. “ ¿De dónde nacen los cuentos?”, recuerdo que le preguntó un estudiante, y él, calmado, seguro de su arte cual mago artero, empezó a decir su palabra iluminadora… “En las fiestas, en las calles, en el trabajo, en la escuela, en el hogar y, sobre todo, en el rincón oculto de la infancia que hay en cada uno de nosotros… Ahí están los cuentos… Id a buscarlos…”

   “¿Así de sencilla es la cosa?”, pensé, y empecé a evocar el caudal de impresiones infantiles que en mi confusa alma luchaban por encontrar su forma. Y fue así como, de pronto, me aguijeó el deseo de escribir.

   Pero nada escribí entonces. Sólo hoy, después de 12 o 13 años, he tenido la luz… El ambiente fresco de un club pueblerino, la imagen distorsionada del ser idealizado, con su nívea y rala cabellera y, sobre todo, con ese bigotesuero debajo de una nariz de circo, me movieron a este parto diabólico de contar los sucesos elementales de la vida.

   Ahora sí, con toda la razón del mundo, creo que también podría afirmar: “¡Por ahí están los cuentos!”

(Amellastre)