Cuando la tormenta penetra el cristal obscuro, el naufragio parece evidente. Una gota más y el cielo se abrirá.

Lo malo es que siempre tratamos, en vano, de salir hacia arriba, cuando de verdad nos ahogamos, por no saber llegar hasta el fondo del vaso encantado…

Porque de ese vino embriagador han tomado los dioses.

Por eso, no sueñan, ni navegan barcarolas de cristal, ni pintan ignotos paisajes, ni adoran estrellas fugitivas, ni cifran en un signo su destino, ni esperan siquiera un Día!

Mas nosotros, los desheredados del reino, todo lo perdemos esperando nada… ¡Oh sabios! ¡Oh dioses! Interrogad al vaso, y exigirle, en nuestro nombre, la verdad!

O por lo menos, que nos permitan libar de su savia exquisita, ¡la dulce embriaguez del paraíso!

(Amellastre)