Como cuentan los viejos, no era cualquier tambor.

Del corazón de la selva, con uñas de tigre y piel de león, lo trajo Daniel para estrenarlo en las patronales de su tierra, las más sonadas de la región.

¿Cuántas noches de entusiasmo y sudor? ¿Cuántos ronroneos? ¿Cuántas quejas y sueños? ¿Cuántas corralejas? Es cosa que la leyenda no ha podido inventariar, pues todos los vientos y todos los aires se acunaban en el parche prodigioso.

Así fue como la fama de Daniel Romero abonó el terreno tanto para los honores como los rencores. Y llegó el día de la cumbiamba, o mejor, la noche de la sentencia.

La rueda flameaba, tras el opaco lente del lavagallo.

“¡Yo soy el hombre!”, se oyó decir con un ensordecedor golpe de cuero. De inmediato, las dos miradas, pactando un reto diabólico se cruzaron. ¡ Cosas del destino, compadre! ¡Avatares de un ancestral oficio!, pues la sangre y el honor eran la consigna.

Ya estaba, pues, instalado el torneo, en diálogo de coléricas, altisonantes y rítmicas voces. Y, en ese taca-taca de inventiva y creación. el cuero amaestrado se adelgazaba, se exasperaba, gemía, gritaba, reía…, y los contrincantes, punto tras punto, parecían ver agotado su repertorio. Unas veces, con una mano, y otras, con los pies; unas veces, con los dientes, y otras, con los talones; unas veces, parados, y otras, sentados sobre el canto del tambor. Todo indicaba, así, la paridad. Y el público, ya aplaudía de lado y lado, sin favoritismos ni mangualas.

Fue en ese momento cuando el viejo Ñañe, después de haber remplazado el parche de cuero por un pañuelo primavera, se paró a bailar- serpenteando su paquete de velas- al ritmo de su encabritado tambor. Entonces, el forastero, viendo que ya no eran cosas de humanos, dio cuatro golpes en cruz sobre el gastado parche y se hincó ante su rival…

Dicen los abuelos que hasta hace poco, en tiempos patronales, se escuchaba por los montes –en las copas de las bongas- el ritmo agónico del tambor de Daniel Romero, un humilde hombre de estos pueblos.

(Amellastre)