Hacía pocos días que llegó con su estampa de gitano, y se instaló en una covacha que preparó junto al colegio departamental para ganarse la vida vendiendo refrescos, pomadas para el acné, baratijas y hasta oraciones para el amor. Su única compañía era una profunda tristeza que mantenía pegada a la piel como un animalejo virulento. A veces, cuando quería derrotar un poco su honda melancolía, se ponía a cantar tonadas de olvidadas querencias. Pero esto no hacía, en el fondo, sino hundirlo más en el amargo recuerdo del crimen que llevaba a cuestas como un fardo de espinas en su conciencia de hombre de bien.

Muchas veces había pensado acabar de un tajo con el hilito de vida que sobraba en su gastado carrete. Pero su filosofía de piedra no le permitía abandonar este valle de inmundicias hasta cuando no recogiera el último suspiro de la batalla que emprendió el mismo día en que la madre lo expulsó de su vientre de fuego. Repensaba mentalmente la vida de los grandes suicidas y, a veces, se sentís desfallecer ante el pensamiento de alguno de ellos. “Cuando la vida es un martirio, el suicidio es un deber”, recordaba que había escrito uno de tantos. Pero luchaba, y se entretenía contándole a los estudiantes fragmentos de historia olvidada, y a medida que iba hablando, en su mente jugaban los dados del destino: vida-muerte, muerte-vida…

(Amellastre)