El cabo Montes (Carlos Elías)

 

No era precisamente esa la vocación del Cabo  Montes, pero como tenía necesidad de un trabajo y  reunía los requisitos, ingresó a la academia  de policía y a la vuelta de  seis meses  se graduó como agente de autoridad. Así se convirtió, más por necesidad que por vocación, en un flamante  policía.

Todo el ambiente era nuevo. Los mismos jefes de la policía, muy a pesar de haber sido policías de los antiguos cuerpos de seguridad, tampoco sabían muy bien como dirigir  aquella nueva  institución. Pero  daba igual, porque en suma el país mismo intentaba  reinventarse y aquellos nuevos vientos le  gustaron al cabo Montes, pues se sentía parte de algo nuevo, y además se llevó la sorpresa que el uniforme le daba  poder sobre los demás.

En realidad lo que al ahora cabo Montes le gustaba era el negocio. Siempre fue así desde pequeño, luego la realidad en que se desenvolvía lo orilló a  convertirse en un  cabo de la  policía. Pero como no perdía su vena de comerciante, junto a su esposa y suegros, montó su negocio de pizzas y estableció a como pudo un restaurante  en las cercanías de un hotel. No le iba de maravillas en sus negocios, pero  tampoco le iba nada mal y su vida caminaba tranquila, con relativa estabilidad:  Era policía, tenía sus negocios y ya pensaba en ampliarse en ellos.

Como no quería quedarse como un simple agente de autoridad,  se especializó en  la investigación de ese delito que tenía de cabezas a la sociedad: La extorsión,  delito  que se había desatado como un virus y  nadie se libraba de él.

La extorsión era un negocio casi exclusivo de las pandillas quienes, a fuerza de amenazas e intimidación, obligaban a todos los comerciantes a darles un importe económico ya fuera semanal, quincenal o mensual. Eso a cambio de dejarlos trabajar y no ser molestados.

Pues el caso es que el cabo Montes se dedicaba a  combatir esa modalidad delictiva. Tenía, además, intenso e incesante trabajo, pues las extorsiones eran uno de los principales dolores de cabeza de la policía y  era unos de los problemas delictuales  que después de los homicidios,  más abatida tenían a la población.

Hasta ahí todo bien. El cabo Montes hacía tan bien su trabajo,  que hasta algunas felicitaciones en su expediente  había, pues  a la hora de resolver casos de extorsión era de lo más entusiasta en la unidad policial a la que pertenecía, y era uno de los elementos policiales más persuasivos con las víctimas para que  denunciaran a los hechores y para que colaboraran en el proceso, de tal manera que los casos no se cayeran en sede judicial.

La angustia para el cabo fue cuando los pandilleros llegaron a su negocio y le pusieron la renta, tal como le llamaban a la extorsión.

El cabo Montes, como sabemos,  era especialista en el combate a ese delito y  ya tenía varios extorsionistas purgando penas en las cárceles. Pero él siempre había visto ese delito desde fuera, sin  que le incumbiera en cuanto a víctima. Más bien le cabía la satisfacción de ser una especie de vengador de las víctimas al  ponerlos tras las cárceles y en el fondo el se sentía orgulloso de eso.

Pero si la cosa era con él  ya  pintaba distinto el tema, pues de entrada se le venían  sucesivos y atropellados estados de ánimo, que iban desde el arrebato,  hasta la maledicencia; ahí si sintió las grandes angustias,  los  miedos que penetraban  en todo su espíritu, la zozobra que le marcaba el paso  y la vida cotidiana, y las  inquietudes que experimentaban todos aquellos que se veían sometidos a la extorsión.

Como en una película rápida pensó en su negocio, en sus deudas, en su esposa, en sus tres hijos pequeños,  ¡hasta en su suegra  -cosa rarísima esa- . Después de  intensas y  afligidas  reflexiones, el cabo Montes decidió ser prudente y no correr riesgos y comenzó, como el más disciplinado de los extorsionados, a pagarle a los pandilleros la renta.

Aquello no dejó de representar una  crisis para el policía, el cabo, el especialista en el combate del delito, y específicamente para el  agente entrenado precisamente en  el combate del delito de extorsión. Pero ahí estaba .. ¡extorsionado!, y bien extorsionado por los pandilleros. No existe nada  que sea  inverosímil, todo puede suceder y al cabo Montes  pese a todo, le pasó.

Pasó un año pagando religiosamente a los a mareros. Al cabo de ese tiempo ya estos acudían al cobro sin mayores prevenciones. Por su parte el cabo había instalado en su negocio unas cámaras de video, y una tarde al revisarlas se percató que  uno de los que llegaban a traer el dinero que pagaba a los mareros ¡era compañero de trabajo! ¡de la misma unidad especializada en que trabajaba! Ver para creer. ¡Con razón sabían tantas cosas de él!

Lo pensó un poco, lo pensó mucho, y no sabía que hacer pero como policía que era, se la jugó y le hizo saber de la situación al oficial jefe de la unidad, esperando apoyo y que  le dedicaran un equipo de trabajo para solventar su situación. Incluso esperaba protección especial para su entorno familiar. Para su sorpresa el oficial poco caso le hizo, y más bien de manera burlona le dijo que veía fantasmas donde no los había, y que mejor le iba a dar  los quince días anuales de permiso para que descansara y que se quitara el estrés.

La actitud del jefe le extrañó, pero tomó los quince días de vacación anual  y se fue. Arrancó su  carro viejo rumbo a  casa, pero como policía que era  chequeó  la ruta e iba atento al camino. Percatándose que lo seguían, aceleró la marcha y al llegar a un redondel dio la vuelta completa al mismo, conforme la técnica policial lo manda, para asegurarse  que en verdad lo seguían, y confirmo que en efecto era  seguido. Tomó más velocidad y  metiéndose en  pasajes estrechos y poco conocidos logró evadir a los  sujetos que lo perseguían. Y pensó con gran abatimiento que eran policías los que lo seguían y que el único que podía haber filtrado la información de que él había intentado denunciar a los extorsionistas, era el jefe al que había acudido. Se sintió desamparado, un miserable perseguido. No llegó a la casa, sino que llamó y  le dijo a la esposa que  no llegaría pues tenía graves problemas de seguridad,  y que  quitara el negocio porque la cosa estaba dura, y que le avisara a la mamá de que se perdería un buen tiempo.

El cabo Montes prácticamente se perdió,  como el mismo diría después. Se perdió en la clandestinidad, la familia vivió penosas situaciones. Debió  sacar a los niños del colegio y  llevarlos a la escuela pública. Cambio de domicilio pues siempre llamaban preguntando por el cabo Montes, y la economía familiar se vio comprometida,  tanto que ya  ni en la tienda le daban crédito, como antes.

Mientras tanto, los quince días de vacaciones anuales  pasaron y  él no se presentó a trabajar. En la policía poco se preocuparon y  su jefe inmediato se limitó a informar luego de una ausencia de ocho días,  que  según la ley podía ser destituido por abandonar el trabajo. La maquinaria  burocrática policial comenzó su trabajo. Nombraron instructor y secretario de diligencias. Anexaron la certificación del rol de vacaciones, constataron que no se había presentado, y para llenar las formas legales le notificaron por edictos sobre el procedimiento; pues la policía es respetuosa del debido proceso. Fueron tan diligentes que incluso hicieron una llamada telefónica a la mamá del cabo para notificarle y ella les manifestó que estaba afligida pues su hijo hacia meses que no se comunicaba con ella. Los policías, muy respetuosos, le dijeron que al saber una noticia de él que los llamara.

El cabo Montes  para salvarse había tomado la decisión de ocultarse,  mientras enviaba escritos a  diversas instancias  denunciando el hecho, pero la burocracia es  inmensa y sus denuncias se perdieron en ese mecanismo brutal. Mientras el proceso de destitución siguió su curso y se realizó la audiencia; por supuesto el resultado del mismo fue la destitución, por abandono del servicio; la resolución técnicamente bien redactaba, establecía  que un  elemento policial sobre todo uno con especialización no  podía abandonar  el servicio así por así,  sin asumir la responsabilidad que semejante falta conllevaba que  como hemos visto era la destitución del cargo.

Le llegó tal noticia al cabo Montes y decidió apelar a  la decisión que en su perjuicio se había tomado. El defensor extrañado le preguntó, pero mire cabo ¿ cómo es eso de que usted quiere regresar a la corporación policial, si  es ahí donde supuestamente le han perseguido y desde donde le han extorsionado sus mismos compañeros? El cabo Montes se le quedó viendo al abogado, y le dijo, con una voz lenta y algo de misterio: Si no puedes con ellos úneteles. Al abogado defensor aquello le sonó absurdo, pero conociendo los entresijos de su profesión,  sabiendo que aquello de que la justicia pica los pies del más descalzo es más que un simple dicho, se quedó pensando si no sería cierto aquello de que si no se podía con los malhechores era mejor unírseles. Y platicando sobre ello cuando más tarde fue al campo de pelota, le contó a un deportista sobre aquella  rara experiencia y el deportista se fue pero quedo pensando en lo mismo, y resultó que  cada persona  que escuchó aquel caso, se hizo la misma pregunta con una seriedad, de esa, de la que pocas veces  hacemos uso. El defensor, aplicando un poco  la respuesta del cabo Montes,  aparte de  utilizar los mecanismos de ley,  influyó  de manera indebida al  tribunal de apelaciones, éste influido por sesudas razones y vericuetos legales,  dictaminó que el cabo debía reingresar al trabajo, revocando la resolución de  destitución por abandono, previamente proveída por un tribunal inferior  y el cabo iba frotándose las manos pensándose en como iba  a ocupar su especialización para recobrarse económicamente de aquel calvario al que le habían sometido.

(Carlos Elías)

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