Y es que la vida corre como arroyo que pasa
arrastrando en su vientre un cúmulo de sueños,
el esplendor de mayo que habitó nuestra casa
cuando trenzamos solos nuestros verbos, pequeños;

arquitectura agraria que supo andar sin prisa
mientras copiaba el fondo de unos ojos la tarde,
urbanidad que quiso detenerse en la brisa
para saber del trino que en los asfaltos arde.

Y es que la muerte llega con su signo de pestes
como si nos buscara los costados sin canto,
derrama en las pupilas sus temblorosas huestes
de lágrimas que llevan en su vientre el espanto;

mas nuestra savia crece, se duplica la vida,
y entre las manos queda un pegaso que quiere
alzar su vuelo simple de verdad extendida
sobre la sombra grave de la tarde que muere.

(Ricardo Gálvez)