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De El Salvador a Guatemala

 

Recuerdo que cuando salí de El Salvador hacia Guatemala, llevaba prácticamente casi nada. Esa sensación de ligereza fue para mí el inicio de un proceso de liberación interior y, en concreto, el abandono de una vida de soledad y sin sentido. Esa vida que transcurre algo así como una rueda macabra donde se repiten miseria y muerte, muerte y miseria, y así por años y años. Llevaba unas gafas oscuras para disimular un golpe muy fuerte en mi ojo izquierdo, entre otros golpes; el cabello desordenado y los labios resecos, podría ser el miedo, no lo sé.

En “Puerto Bus”, una terminal de buses que lleva precisamente ese nombre, comenzaba otra etapa de mi vida. Me detuve por un rato en un bar ubicado en el mismo complejo de la terminal. Había un ambiente pobre. Un par de tipos jugando una partida de billar y la mujer encargada que veía con atención una telenovela. Terminé el trago que se me había servido y abandoné el lugar para incorporarme a la cola de subida del autobús. Salí de la estación como a las once de la mañana en uno de esos buses grandes que siempre fueron mi pasión cuando niño, y que hacen su recorrido entre San Salvador y Ciudad de Guatemala. Para esa época fumaba mucho, y debí sufrir otro tanto por la abstinencia de nicotina en mi cuerpo. Debido a los largos trayectos que hacía el autobús entre cada estación, no podía darme la dosis de un cigarrillo cada veinte minutos, ya que estaba prohibido hacerlo dentro, y el único chance era aprovechar las pequeñas pausas entre paradas. En la frontera apenas se notó mi presencia. Todo era rostros, vendedoras de comida y cambistas. Y estafadores, por supuesto.

Cuando llegué a Ciudad de Guatemala, el ambiente era el mismo que se puede encontrar, generalmente, en cualquier estación de autobuses de Centroamérica. Gente que va de prisa. Gente que revisa sus pertenencias mientras descendemos y los cambistas que, presurosos, nos acorralan. Melopeas de vendedores en los alrededores de la estación, y los taxistas con sus rostros desconfiados en espera de encontrar un buen pasaje. La atmósfera enrarecida por la incertidumbre, y un olor a meados que sube del asfalto que comienza a calentarse. En fin, la vida y su bullicio. La vida luchando por sobrevivir en medio de la miseria. Busqué en las cercanías de la estación un motel o algo por el estilo donde pasar la noche, ya que al día siguiente debía partir hacia otro punto del país. La terminal estaba situada en la zona 4. Me desplacé unos cientos de metros rumbo a la zona 9, contigua a la 4, y ahí encontré un hotel de mala muerte. Era un edificio de cuatro pisos atendido por un chino que hablaba con acento chapín. Me pidió unos datos, mi dinero y me entregó una llave que debía abrir y cerrar la puerta del cuarto, al cual subí para darme una ducha, volviendo luego a la calle para conseguir un nuevo número para mi celular. Lo conseguí rápido e intenté ponerme en contacto con un amigo que trabajaba en un pueblo cercano a un puerto del océano atlántico. Y así se me fue el día, dando vueltas de allá para acá. Volví después a mi hotel.

Yo estaba cansado. Había pasado una noche despierto y mitad del otro día en pleno viaje y caminando sin rumbo cierto. No había tenido tiempo de sentarme y meditar sobre mi situación actual, ya que todo surgió casi de momento. Es decir, mi fuga hacia otros lugares no era algo que yo hubiera planeado, aunque si querido. Entretanto eran las diez de la noche. Había oscurecido y afuera el ruido de los vendedores también había mermado. Decidí salir por un trago. Al estar en el vestíbulo del hotel le pedí al empleado que me guardara un bloc de notas y un par de camisas que llevaba en una bolsa plástica. Me hizo ver que las cosas podía dejarlas sin temor en mi cuarto, a lo que le respondí que ya estaba abajo y volver a subir me daba pereza. Salí. El aire era fresco y se enredaba en mi cabeza. Me gustaba esa sensación Me gusta aún. Tomé rumbo a la estación, ya que durante el camino de llegada al hotel me había percatado de la presencia de unos bares en la zona. Y así, me adentré imprudentemente hasta las cercanías de otra terminal mayor de la zona 4, donde dicen que asustan, y no precisamente los muertos. Llevaba algo como trescientos dólares en mis bolsillos, y la sensación de caminar con cara de víctima a través de una zona roja. Me daba cuenta ahora, precisamente ahora cuando unos tipos reunidos en un antro dirigieron sus miradas hacia mí, y comenzaron a moverse, despacio, muy despacio, pero a moverse. Yo caminaba ahora entre unos puestos de vendedores, casi a oscuras, mientras algo frío se extendía en una de mis manos. Decidí entonces tomar la delantera. Todo pasó en un momento y luego volví corriendo hasta mi hotel para recoger mis cosas. Llevaba sangre en la camisa y en los zapatos. Busqué por todo mi cuerpo y la sangre no me pertenecía. Me limpié rápidamente las manos y salí presuroso del lugar. Esa noche corrí espantado, como un demonio al que lo amenazan con agua fresca. Pasaba entre la gente que me miraba, pero nadie quería tener que ver algo con un tipo en tal facha y con la muerte entre sus manos. Amanecí en la estación de la LITEGUA y abordé un autobús hasta ese pueblito donde trabajaba mi amigo. Días después, en la banca de una plaza escribí este poema. Otra vez triste, pero menos solo que cuando salí de El Salvador.

En el ojo del mundo, ciclón ardiente,
me descubro desnudo, tatuado de nostalgias
que beben los recuerdos y su timidez blanca;
ahí, en pleno centro del miedo,
soy la mirada honda, escrutadora,
la voracidad de las risas sedientas,
sudores helados y fantasmas,
en el ojo del mundo, ciclón ardiente.

En la banca de un parque, soledad cruda,
me distraen los ruidos, pensamientos convulsos
que buscan las promesas de la fuente del beso;
ahí, donde crecen las ansias,
soy la garganta cansada, calculante,
la sombra ahuyentando al cuerpo,
sonrisas perdidas y perros;
en la banca de un parque, soledad cruda.

En la noche más tensa, espada de hielo,
me llegan los temores, tristezas del loto
que añora su charca de tibios silencios;
ahí, donde anidan las sombras,
soy la silueta imperfecta, indescifrable,
la aridez de los sueños creciendo,
un cigarro encendido y escombros;
en la noche más tensa, espada de hielo.

(Ricardo Gálvez)

 

4 Responses to “De El Salvador a Guatemala”

  1. amelio lastre

    El poema es un buen ejemplo de la vida que se trasmuta en poesía, vertiendo sus fibras en imágenes sugestivas de la obligada lucha de este ser que se sigue llamando homo sapiens sapiens…por no reconocerse como homo redimido!

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    • Gálvez

      Gracias, Amelio. Yo te sigo esperando por esta tu casa. Un abrazo y que tengas una noche hermosa. Aquí es ya de madrugada. Saludos.

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  2. Rodolfo Jardón

    Una especie de existencialismo irredento surca todas tus palabras. La radical soledad del Hombre, su libertad enloquecida y sin guía, el anhelo disfrazado de nostalgia por algo más, algo que tal vez carezca de nombre.

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    • Gálvez

      Gracias, Jardón. Hay mucho de todo en mis escritos, pero principalmente mucha experiencia recogida. Un abrazo gigante y saludos cordiales.

      Responder

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